jueves, 24 de agosto de 2023

LA MUJER EN EL DEPORTE LORETANO

 

El clima de entusiasmo que reinaba por las actividades deportivas se hizo contagioso en la mujer loretana. Sólo faltaba alguien que diera la voz y todas concurrirían prestas y animosas.

Y ocurrió el hecho. …Rosa Palestini hacía poco había llegado de Italia. Pintaba vistosos paisajes, cantaba preciosas canciones italianas y…bailaba los aires de moda. Vivía en la calle Arica 778. Desde luego Rosita hizo amistad con muchas chicas entre las que se encontraba Emilia Beuzeville, las Augustini, las Edery, y hablando-hablando, que eso es lo que mejor hacen las mujeres, hizo conocer en sus tertulias la noticia de cómo la mujer ya practicaba el deporte en Italia. Las amigas se entusiasmaron y un día, que se hizo memorable-el 8 de junio de 1926-un grupo de 16 chicas, lo más granado de la juventud femenina, presentó una moción en el Athletic Club José Pardo, solicitando la creación de una sección femenina para practicar el deporte. Los nombres de las chicas están en el orden en que firmaron la moción: Emilia Beuzeville, Rosa Palestini, Luisa Palestini, Eduarda Augustini, Mercedes Augustini, Mary Edery, Sara Edery, Elvira Edery , Consuelo Edery, Luz Angélica Velásquez, Sara Mutín, Isaura García, Andrea Rocha, y María Luisa Camino.
El Athletic bajo la presidencia de Emilio Berger, aceptó con gran beneplácito la iniciativa, y de inmediato se nombró una comisión para formular los reglamentos y los instructores que habrían de hacerse cargo de la preparación de las noveles deportistas. Se alquiló por S/. 13 mensuales la cancha llamada “El bembón” para las prácticas y ejercicios.
En el curso de los días siguientes se inscribieron:
Dolores Cisneros, Flor de María Mori, Juana López, Juana Terrones, Rosaura Marrache, Blanca Catter, Ernestina Catter, Teresa Catter, Margarita Henderson, Juana Ferreira, Bertha Moses, Mercedes Mariache, Zoila Valdivia, Ofelia Elespuru, Delicia Dellepiani, Josefa Vásquez, Victoria Lozano, María Prieto, Marina Prieto, Herlinda Sánchez, Augusta del Águila, Rosaura Vásquez, Inés Cerrel, y otros nombres que se nos escapan.
Casi simultáneamente, el Club Loreto creó también su sección femenina. Una chiquilla de 14 años, cuyo corazón sólo latía por el rojo y blanco del Loreto, fue la gestora de la formación de dicha sección: Asteria del Águila, y quienes la acompañaron fueron: María Brígida Nascimento, Julia Montero, Rosa Montero, Feliciana Fachín, Encarnación Dávila, Adolfina Page, Carmen Ruiz, María Rion, Adela Braizat, Luzmila Perea, Etelvina Perea, Ángela Araujo, Sara Emilia Osambela, Manuela Ruiz, Mercedes Araujo, Aurora López, Teresa Montero, Adalguisa Mattos, Consuelo Mattos, e Isabel Rengifo.
Lo mismo ocurrió en el Dos de Mayo, donde Mercedes García y María Luisa del Castillo, dos chicas cuya ilusión era el albiverde del uniforme del club, reunieron lo que más tarde habría de ser uno de los primeros equipos femeninos que jugó fútbol en el Perú. Además de García y del Castillo estaban Hilda Rivera, Delia Vargas, Florentina Vargas, Selfa Vargas, Rosa Vargas, Esther Chacón, Emma Sánchez, Ernestina Tafur, Carmen Rojas, Cecilia Ramírez y muchas más cuyos nombres se nos perdieron.
Pero nunca faltan detractores o personas que creen saber mucho y se sienten o erigen en jueces o críticos a falta de otro medio de darse importancia. Así, sucedió que en un periodiquito, cuyo director responsable o mejor dicho dueño era una escritora o periodista de nombre Nina de Flores, hizo una crítica del deporte que practicaban las chicas y entre otras pocas alentadoras apreciaciones las acusaba de snobismo. Ni las chicas ni el público muy sensatamente le hizo caso y continuaron con sus prácticas y su público.
En atletismo las secciones femeninas lograron marcas que para ser las primeras fueron notables. Las que destacaron: en 80 metros planos Rosa Palestini puso 12 segundos, Adela Braizat marcó 4.17 metros en salto largo, Josefa Vásquez Córdova en salto alto pasó la varilla a 1.25 metros. Mercedes García del Dos de Mayo marcó 15.4 segundos en 100 metros adjudicándose un trofeo, seguida de Delicia Dellepiani del Athletic y Adolfina Page del Loreto. En lanzamiento de bala Adela Braizat puso 7.42 metros, Ernestina Catter del Athletic 7.11 metros y Rosa Fonseca también del Athletic 7.04 metros. En salto triple Adela Braizat saltó 8.44 metros, Delicia Dellepiani 8.22metros.

Fuente: https://pacarmondixit.blogspot.com

 

domingo, 26 de febrero de 2023

A PROPOSITO DE LA INTERVENCION DE LOS PUEBLOS*

*Gracias a Gérard Borras, que en su libro "Lima, el vals y la canción criolla (1900-1936)" Lima, junio 2012- IDE-PUCP, muestra las manifestaciones populares de la época, en apoyo a la lucha por la recuperación de Leticia peruana, por la ciudadanía popular limeña*.

Ocasión propicia para compartir las palabras, que generosamente hiciera Alberto Chirif en la presentación del libro "El rescate de Leticia" en el auditorio del Centro Cultural Irapay, Iquitos, Perú.







 EL RESCATE DE LETICIA

Por Alberto Chirif


Transcurren los últimos días del mes de septiembre de 1932. Una nave que transporta bulliciosos pasajeros acoderada frente a Iquitos, se aparta de la orilla. Es de noche. Un observador del zarpe describirá así el acontecimiento años más tarde: “¡Larga proa…! ¡Larga popa…! Sonó el telégrafo de órdenes en la sala de máquinas, las hélices empezaron a batir ruidosamente las turbias aguas del río y la enorme mole del barco que estaba cediendo a la fuerza de la corriente, se retiró suavemente de la plataforma y volteó lentamente para navegar aguas abajo.


Los gritos y frases de despedida empezaron a brotar creciendo en intensidad; se agitaron manos en el barco, en la plataforma; ondearon los pañuelos; las luces del muelle iluminaban débilmente una masa humana que se movía desordenadamente en todas direcciones, extendiendo las manos como en actitud de detenerlo, que parecía querer seguir tras el barco; sollozos, lamentaciones, expresiones de conformismo y esperanza en labios de madres, esposas, novias; parejas abrazadas llorando desconsoladamente; palabras de aliento de amigos, hermanos; recomendaciones, promesas”.


Unas semanas antes, en la madrugada del 1º de septiembre de 1932, 57 personas procedentes de Iquitos, Caballo Cocha (la mayoría), Yahuma y Tarma, desembarcan en Leticia, deponen a las autoridades colombianas e izan nuevamente la bandera peruana, recuperando para el país transitoriamente este territorio. “No se derramó una sola gota de sangre”, señala el narrador.


Quien relata estas escenas es un civil que, como muchos, se enroló posteriormente para revertir una injusticia cometida por el gobierno de Leguía que suscribió el Tratado Salomón Lozano, por el cual Perú cedió a Colombia dos bloques territoriales: el espacio interfluvial comprendido entre el Putumayo y el Caquetá y el Trapecio Amazónico donde se encuentra Leticia.


Es un protagonista directo de esos hechos y se llama Pablo Carmelo Montalván, autor del libro “El rescate de Leticia” que hoy su hijo Fernando me ha pedido presentar en esta su segunda edición que llega 37 años después de la primera.


García Márquez, en su libro “Vivir para contarla”, se refiere a la toma de Leticia en su particular estilo humorístico. Atribuye la razón de este suceso a una disputa de faldas. No recuerdo con exactitud los detalles de su relato, pero creo que un colombiano (tal vez un sargento) le había quitado la novia a su par peruano, y este, irritado hasta más no poder, decidió tomar la población por las armas.


Aunque es verdad que muchos actos calificados de patrióticos tienen a veces explicaciones por demás pedestres y prosaicas, esta vez, contradiciendo al ilustre escritor, debo decir que no fue esta la justificación de la historia que narra Montalván.


La recaptura de Leticia por parte de un contingente de civiles peruanos debe ser analizada en el contexto de la controversia fronteriza entre Colombia y Perú. Tal vez, de no haber sido por la existencia en el área en disputa de gomas silvestres, aludidas de manera general como caucho, nunca se hubiera desencadenado el conflicto armado entre ambos países. Pero esto es apenas una hipótesis.


La obra de Montalván no es una novela, tampoco es un diario. Es un relato de alguien que vivió los hechos y los narra con lucidez y espíritu crítico. Si bien incluye anécdotas, el texto no es un simple anecdotario. Aunque el autor aparece en algunos pasajes, no es un relato que lo tenga como personaje principal. Si tengo que ubicar el protagonista, debo decir que es el grupo de 57 personas que tomaron Leticia y las que más tarde se alistaron voluntariamente para defender su recuperación.


Dentro de este conjunto, destaca un grupo, del cual el autor es parte, que él califica con humor como Estado Mayor. Lo integran personas que comparten amistad, y también complicidades cuando juegan bromas o burlan el absurdo y sofocante orden establecido por clases y oficiales que confunden la disciplina con los gritos y la autoridad con los insultos.


Destaco del libro, de correcta escritura, su capacidad de transmitir la sinceridad de espíritu de quienes se embarcaron en el intento de recuperar definitivamente para el Perú un territorio cedido por la estupidez de un gobierno.


El texto comunica altruismo, desinterés, amor al suelo de los padres, es decir, a la patria. Pero es a su vez un libro tremendamente crítico contra los patriotas de fanfarria que se pavonean en las paradas militares, de quienes, antes como ahora, no encuentran contradictorio llevarse la mano al pecho y cantar con fervor aparente el himno nacional, mirando la bandera con ojos enternecidos, al tiempo que desprecian a connacionales por no considerarlos de primera categoría y se apropian del patrimonio nacional, que debería servir para mejorar la educación, la salud y el bienestar de todos.


Creo que este es el principal valor del libro de Montalván porque pone el dedo en la llaga de males recurrentes en el país que se expresan de manera cotidiana y, lo que es más grave, incluyen momentos de crisis donde más que nunca se necesita de honestidad y decisión como requisitos básicos para lograr la unión en pos de una meta compartida.


Me refiero a casos de agresión externa, como fue la Guerra del Pacífico, con la que el propio Montalván establece comparaciones, que se resumen en improvisación, corrupción, irresponsabilidad de oficiales, abandono por parte de las autoridades y cobardía.


Si aún viviera, Montalván establecería otras comparaciones actuales, por ejemplo, con el comportamiento de autoridades durante el conflicto del Cenepa o de los desastres naturales que han causado tantas tragedias en el país.


Montalván se refiere a superiores, clases y oficiales que les pegan a sus subordinados, a balas que no revientan durante un ejercicio porque estaban pasadas (“¡qué tal si con esa munición hubiéramos entrado en combate…!; –p.110), a carencias básicas de uniforme (“…dábamos la impresión de haber sido sorprendidos y que hubiéramos acudido a las trincheras a medio vestir…”; p. 120), a armamento en malas condiciones (“cartucheras por deshacerse, la munición en el morral del servicio del comedor, las bayoneta sujetas al cinturón con pedazos de cordel…”; p.120), a oficiales que se emborrachan (p. 215) y a cuatro aviadores que con sus respectivas máquinas abandonaron el escenario del conflicto para ir a Iquitos porque “uno de los pilotos iba a contraer matrimonio y todos los compañeros de armas quisieron estar presentes en la ceremonia”; p. 238).


En la escena nacional un hecho vital terminó por decidir el curso del enfrentamiento: el asesinato del presidente Sánchez Cerro cuando pasaba revista a 20 000 soldados que debían incrementar las tropas peruanas en Loreto. En fin, es una larga sucesión de despropósitos que no podían conducir a otro desenlace diferente del que tuvo: el punto final de la presencia peruana en Leticia y el abandono de su reclamo.


Quiero ahora hacer un análisis personal para explicar los hechos y las razones de este conflicto fronterizo, y para esto debo remontarme a décadas anteriores.


El caucho


Corre el siglo XIX y mientras en Europa se afianza la Revolución Industrial que se había iniciado durante la centuria anterior y el capitalismo como sistema económico, en América del Sur países que recién nacen comienzan a vivir su vida independiente y tratan de consolidar sus fronteras sobre la base de jurisdicciones heredadas de su anterior condición colonial y, en algunos casos, también de la ocupación de hecho de diversos espacios territoriales, sea porque los consideran suyos o porque, al serles accesibles, intentan hacerlos parte de su patrimonio.


Charles Marie de la Condamine había llevado, a mediados del siglo XVII, noticias a Europa sobre la existencia del caucho en la Amazonía. En su Relación Abreviada, publicada en Francia en 1745, relata el uso que le daban indígenas amazónicos para hacer algo parecido a plumillas del bádminton o a zapatos, así como diversos objetos impermeabilizados.


Entre estos últimos estaba una especie de odre con pico de madera para llevar líquidos, similar a una jeringa, llamado en Brasil pão da xiringa, que es el origen de la palabra portuguesa seringa y seringueiro que pasan al castellano regional amazónico del Perú como shiringa y shiringuero.


El proceso de vulcanización del caucho, descubierto por Charles Goodyear en Estados Unidos en 1839, había solucionado el problema de alteración del producto a causa de los cambios de temperatura y de adhesión de piezas de caucho puestas en contacto.


Un año después de haberlo patentado en 1844, R.W. Thompson registró la llanta neumática en Inglaterra. Desde entonces el uso del caucho se generalizó aceleradamente como aislante, amortiguador de ferrocarriles y bandas de billar, al tiempo que se perfeccionaban sus usos ya conocidos en la fabricación de zapatos, prendas impermeables y aislante de cables.


En 1888, John Dunlop reinventó la llanta neumática que hasta entonces no había tenido el éxito deseado por Thompson, la cual logró importancia debido al impulso de la industria de la bicicleta. Pocos años más tarde, en 1895, se usaría también para automóviles. En los años siguientes la demanda de caucho creció en Estados Unidos y en toda Europa como consecuencia de su pujante desarrollo industrial. Su extracción en la Amazonía se expandió entonces de manera acelerada.


Una de las regiones importantes de extracción de gomas silvestres fue el espacio interfluvial comprendido entre la margen izquierda del río Putumayo y, hacia el norte, la derecha del Caquetá. Es decir, uno de los dos bloques territoriales entregados por Perú a Colombia, mediante el Tratado Salomón Lozano.


El río Putumayo se forma en el Nudo de los Pastos, ubicado en la provincia ecuatoriana de Carchi y el departamento colombiano de Nariño donde se reúnen los ramales de la Cordillera de los Andes que luego, ya en territorio colombiano, se bifurcan en dos Cordilleras: la Occidental y la Central.


En su recorrido hacia el sureste, el Putumayo marca primero la frontera de Ecuador con Colombia y luego la de este país con Perú, para finalmente entrar a Brasil donde se lo conoce como Iça. Por su parte, el río Caquetá nace en el departamento del Cauca, en Colombia, y atraviesa en su recorrido, también hacia el sureste, los de Putumayo y Caquetá, antes de entrar a Brasil con el nombre de Japurá.


Me he detenido en esto no por preciosismo geográfico sino para tratar de enmarcar el problema de fronteras que está implícito en el libro que hoy me han invitado a presentar. Ambos ríos nacen en Colombia, y mientras el Putumayo sirve de límite entre ese país con Ecuador y luego con Perú, el segundo nace en las regiones alto andinas de Colombia y discurre enteramente en territorio de este país.


Puedo completar la hipótesis que antes esbocé, diciendo que de no haber existido gomas silvestres en la zona interfluvial comprendida entre el Putumayo y el Caquetá, Perú no hubiese reclamado ese territorio como propio y Colombia lo hubiese ocupado de una manera natural, sin conflicto, dada su conexión fluvial con el resto del país. Para Perú el Putumayo es hoy día una especie de extramuros del país.


De Iquitos a El Estrecho, capital de la recién creada provincia de Putumayo, se llega actualmente en un viaje por río que demanda entre 15 y 20 días.


En la disputa con Colombia, Perú tenía a su favor “títulos de derecho”, como los califica Carlos Larrabure y Correa en su folleto El Perú y Colombia en el Putumayo, publicado originalmente en 1913 y republicado en 2005.


Dice él: “El 15 de julio de 1802, el Rey de España expidió una real cédula en la que se especificaba de una manera clara y terminante, que todos los territorios bañados por los afluentes septentrionales de los ríos Marañón y Amazonas, hasta donde por sus saltos y raudales dejen de ser navegables (cursivas propias), y además las misiones de Sucumbíos, quedaban organizados en una nueva entidad política y administrativa, denominada Comandancia General de Maynas”. (Perú y Colombia en el Putumayo. Imprenta Viuda de Luis Tasso. Barcelona, 1913.) Es cierto, como señala Larrabure y Correa, que se trata de un título de derecho pero este es débil frente a dinámicas sociales que, como en este caso, se vieron favorecidas por las condiciones geográficas de la zona.


Esta condición del Putumayo de río marginal respecto al Perú explica por qué los colombianos llegaron antes a esa zona para explotar las gomas silvestres: por existir vías fluviales que descendían del interior de su país.


De hecho, los dos centros gomeros importantes que llegó a tener la Peruvian Amazon Company, empresa cuyo fundador y gerente fue Julio Cesar Arana, son de aparición tardía respecto a la presencia colombiana. Uno de dichos centros fue La Chorrera, en el Igaraparaná, que estaba en manos del cauchero colombiano Benjamín Larrañaga.


Allí Arana recién interviene a partir de 1901, año en que establece una sociedad con el colombiano. Cuatro años más tarde la empresa queda enteramente en manos de Arana, ya que, a raíz de la muerte de Larrañaga, él le compra sus acciones a su hijo Rafael.


El otro centro es El Encanto, a orillas del Caraparaná, que hasta 1903, según relata el comerciante colombiano Joaquín Rocha en su Memorando de Viaje (Casa editorial El Mercurio. Bogotá, 1905) estaba en manos de sus connacionales. Recién a partir de 1904 aparece Miguel Loayza como gerente de este establecimiento perteneciente a la Peruvian Amazon Company.


Las disputas que se presentaron nada tenían que ver con razones patrióticas, y si caucheros de ambos países defendían su presencia en ese territorio era por afán de lucro personal de explotar un recurso valioso como las gomas silvestres, que por entonces llenaba los ojos de ambición y los bolsillos de dinero.


La prueba está en que ni Colombia ni Perú recurrieron al argumento de la soberanía nacional mientras las sociedades entre ciudadanos de uno y otro país marcharon bien y solo reventaron cuando Arana quiso tener la exclusividad sobre la zona. Incluso así, hubo colombianos trabajando para la empresa de Arana. Es el caso, por ejemplo, de Víctor Macedo, gerente de La Chorrera.


Y en un nivel aún más importante, el de Rafael Reyes que llegó a ser presidente de Colombia entre 1904 y 1909, quien formó una sociedad con Arana.


No obstante, si bien todo lo dicho es válido para la zona interfluvial comprendida entre el Putumayo y el Caquetá no lo es para la del Trapecio Amazónico y de ese centro poblado creado por una fundación oficial y por el cariño de la gente: Leticia.


Haré ahora el mismo ejercicio de descripción geográfica que realicé en el caso anterior para ubicar en el espacio al Putumayo y el Caquetá. Desde un punto de vista estrictamente formal, el Trapecio Amazónico parece ser producto de un mal dibujante del mapa de Colombia.


Es un apéndice extraño que se descuelga hacia el sur desde una de las esquinas de su territorio. Es una especie de embudo en la que, a diferencia del dicho popular, la parte ancha perjudica al contrario, es decir, a Perú. Para ubicarnos en el espacio, el Trapecio tiene su lado más pequeño en la orilla derecha del Putumayo, en territorio que hasta la firma del Tratado Salomón Lozano era indiscutiblemente peruano, desde donde proyecta sus lados divergentes hasta encontrar la margen izquierda del Amazonas, donde se halla Leticia.


Es una clarísima intromisión en un territorio que no estaba en disputa entre las partes y que Colombia no sentía como suyo ya que reconocía la margen derecha del Putumayo como peruana, y con mayor razón, el espacio interfluvial entre este río y el Amazonas.


Las razones que llevaron al presidente Leguía a ceder el territorio del Trapecio de más de 11 000 km2 sigue siendo un misterio. Traición a la patria, señalan algunos. Sí, ¿pero a cambio de qué?, porque sin interés personal de por medio, sin ganancia individual, no existe traición, sino solo estupidez del ignorante.


Y esta es otra vez una hipótesis. ¿Qué sabían Leguía y sus ministros acerca de esta porción del territorio nacional y de sus pobladores? La desaprensión con que los políticos -y no me refiero solo a los del gobierno central sino también a los que tenemos cerca- miran el patrimonio natural y social de la Nación es total, como lo vemos a diario.


Que algunas empresas destruyan y contaminen el medioambiente, saqueen los recursos naturales y afecten la salud y las fuentes de trabajo y riqueza de sus pobladores es algo que nos golpea diariamente, pero que muchos políticos califican de desarrollo. No obstante en estos casos, la corrupción con el afán de enriquecimiento indebido ofrece una explicación para el comportamiento de dichos políticos. Pero, ¿cuál es la explicación en el caso de la cesión del Trapecio Amazónico?


La acción cívica llevada a cabo por un grupo de ciudadanos mayormente loretanos fue para rescatar a Leticia y al Trapecio, no el espacio interfluvial comprendido entre el Putumayo y el Caquetá.


Esto último creo que se debió a dos razones: que nunca fue sentido como propio porque su comunicación era con Colombia y no con Perú y porque a partir de 1915 el caucho, que era el producto que ambicionaban caucheros como Arana y otros, dejó de ser importante por la caída de su precio en el mercado internacional. El Tratado Salomón Lozano se firmó en 1922 cuando el caucho ya no valía nada.


El beneficio para Colombia de apropiarse del Trapecio Amazónico es claro, porque este le ha permitido tener acceso directo al Amazonas, convertirse en país ribereño de este río. Sin embargo, Colombia era consciente de que este territorio no le pertenecía porque, repito, la soberanía sobre la margen derecha del Putumayo no estaba en discusión. Y esto debe haberlo recordado Colombia a lo largo del conflicto generado por la recaptura de Leticia.


Durante los 290 días que duró la presencia peruana en Leticia, Colombia no hizo ningún intento por recapturar este poblado descolgado de su territorio por las dificultades que enfrentaba la empresa.


Para hacerlo solo tenía dos alternativas: desplazar tropas atravesando el monte desde el Putumayo hasta llegar en malas condiciones a Leticia o hacerlo por vía fluvial, descendiendo el Putumayo, cruzando territorio brasileño hasta su desembocadura en el Amazonas y, desde allí, remontando el río hasta llegar a Leticia.


Ninguna de las dos vías le ofrecía a Colombia posibilidades de éxito por las dificultades de dar apoyo logístico a sus tropas. Por esto planteó el combate en otro escenario: el río Putumayo, donde Perú tenía muy pocas fortalezas a causa de las dificultades de conexión de esta cuenca respecto al resto del país (que puedo resumir diciendo que eran similares a las mismas de Colombia para acceder al Amazonas), mientras que Colombia tenía fuerte presencia por el avance colonizador, político y militar desarrollado desde su zona andina.


Los ataques en el Putumayo causaron la destrucción de propiedades de peruanos establecidos en la cuenca y originaron el traslado hacia el Napo y el Ampiyacu de población indígena que patrones caucheros como Miguel Loayza habían llevado allí para utilizarla como mano de obra en sus fundos. Pero esta es otra historia a la que no me voy a referir ahora.


Termino destacando las virtudes de este libro por estar bien escrito y, sobre todo, por abordar con espíritu crítico uno de los tantos episodios vergonzosos de la historia nacional.



jueves, 17 de noviembre de 2022

FERNANDO LORES

¿En qué consistió su heroísmo?

 

José Barletti

(Publicado en el diario La Región de Iquitos el 26 de marzo de 2008)


Se cumplen 75 años de la Batalla de Gueppí en la que un chico de 26 años llamado Fernando Lores Tenazoa murió junto a otros de sus compañeros que estaban bajo su mando.

Apenas llegó la noticia a Iquitos, su muerte quedó teñida de una aureola de heroísmo. Parece que este sentimiento se expresó primero en el diario El Eco, donde trabajaba su novia, Cecilia Flores. Solía ella contar que cuando esa mañana llegó al local del diario le llamó la atención que sus compañeros se alejaran del lugar donde día a día se colocaba la lista de los caídos en la guerra que en ese año de 1933 librábamos con Colombia en el Putumayo y que se había desencadenado a raíz de la Toma de Leticia el primero de setiembre del año anterior. A leer esa lista acudían a diario los familiares y amigos de los combatientes. En señal de respeto a su dolor, los compañeros de Cecilia Flores se alejaron del lugar. Sin embargo, cabría preguntarnos si la dejaron sola por respeto a su dolor. ¿No será que actuaron así porque sentían que la muerte de su novio tenía algo de especial, algo de sublime? 

Esa misma percepción se concretizó dos meses después de su muerte, en el mes de mayo, cuando el Municipio decidió cambiar el nombre de la calle donde vivía su familia y donde había transcurrido su infancia y adolescencia. Dejar atrás el nombre de Jirón Pastaza y comenzar a denominarla Calle Sargento Lores ponía de manifiesto que la autoridad edil estaba recogiendo lo que era ya un sentimiento popular. Al respecto, he tenido en mis manos la carta escrita de puño y letra por su mamá, María Tenazoa, en la que agradece al alcalde por el cambio de nombre y le anuncia que está haciendo venir de Ica a Julio, su otro hijo, para que se incorporé al combate y ofrende su vida como lo había hecho su hermano. Tuve la suerte de conocer en 1982 a Julio Lores Tenazoa y guardo en un lugar especial las fotos que tomé en nuestra plaza de armas en las que aparecen él, su esposa y mi hija Cecilia de seis años. Tuve que dejarla a su cuidado durante las horas que duró la ceremonia de conmemoración del cincuentenario de la Toma de Leticia, que fue organizada por Luis Armando Lozano Lozano, alcalde en ese entonces, en coordinación con el Frente de Defensa del Pueblo de Loreto.

En siete décadas este sentir se mantiene. Hay una plaza y localidades de Loreto que llevan su nombre y está vigente la exigencia de rendir culto a su memoria.

Lo que sucede es que, como en nuestro caso, más allá crear un héroe, como suele suceder, existe una decisión no escrita de reconocer su gesta y su gesto. En resumen, lo que se hace presente es que algo sublime sucedió la madrugada del 26 de marzo de 1933.

Sin embargo, todavía no queda meridianamente claro lo que aconteció, lo que hizo Lores. Tengo la impresión que la Historia Militar, la historia oficial, constituye un obstáculo para que podamos expresar con claridad lo que pasó. Hay que tener en cuenta que, pasada la guerra, surgieron serias discrepancias entre algunos jefes militares que habían participado en el conflicto con Colombia. Fue por eso que el alto mando dispuso que no hubiera discusiones sobre el tema. De allí a guardar bajo siete llaves toda la documentación hubo un solo paso.

Desde mi punto de vista, sucedió lo siguiente:

Las cañoneras colombianas Santa Martha y Cartagena, que controlaban el Putumayo, la madrugada del 26 de marzo se acercaban a nuestra pequeña guarnición de Gueppí para capturarla. El capitán peruano, en cumplimiento de órdenes recibidas desde Iquitos con anterioridad, dispuso que se produjera un repliegue por la trocha que llegaba hasta Pantoja en el Río Napo, lo cual se llevó a la práctica. Sin embargo, también encargó a Lores que con su grupo de nueve subalternos (a quienes él llamaba “mis tenazoas”) cumplieran la tarea de “cubrir la retirada”, es decir que se colocarán atrás, en la retaguardia, para distraer a los marineros colombianos mientras el grueso de nuestra tropa avanzaba hacia el Napo.  La pregunta que cabe hacer es si Lores cumplió o no cumplió la orden de “cubrir la retirada”. Mi punto de vista es que no la cumplió y el razonamiento que me lleva a esta conclusión es la siguiente:

Los encargados de “cubrir la retirada” deben seguir la orden primera, es decir replegarse. Sin embargo, lo que hizo Lores no fue replegarse, sino que se quedó con sus “tenazoas” a orillas del Putumayo buscando impedir el desembarco de las tropas enemigas.

Debe haber sido un espectáculo digno de una película ver a estos diez jóvenes treparse a los árboles, disparar y de inmediato bajar para correr un trecho, subirse a otro árbol, disparar, bajar, correr, subir, disparar, bajar, correr, subir, dando la sensación a los atacantes que no eran diez sino mucha gente que les disparaba desde los árboles. Es presumible que les haya tomado tiempo darse cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo y que hayan decidido afinar la puntería ayudados con el largavistas. De esta manera, nuestros combatientes fueron cayendo uno a uno. Ellos son Alfredo Vargas Guerra, Alberto Reyes Gamarra, Reynaldo Bartra Díaz, Pascual Gómez López y otros cinco combatientes más cuyos nombres no están al alcance hasta ahora. No recuerdo bien cual de los cuatro nombrados (creo que fue Vargas Guerra), estando trepado en un árbol, al darse cuenta que había sido alcanzado por las balas enemigas, se lanzó al río con su arma en las manos muriendo ahogado.

Lores y sus tenazoas no estaban cubriendo la retirada. Estaban defendiendo el suelo patrio. En su mente estaba la idea de que, si bien no podían evitar que las botas extranjeras lo manchen con sus huellas, lo mínimo que debían hacer era morir combatiendo y no replegarse.

Ellos no estaban haciendo sino volver a poner en práctica lo que 53 años atrás Bolognesi y su gente habían hecho en Arica. Se trataba de los mismos “deberes sagrados que cumplir” que llevaron a nuestro querido coronel a no aceptar la rendición honrosa que le ofrecían los chilenos. No se podía permitir que botas invasoras capturen suelo patrio sin que corra sangre. “Hasta quemar el último cartucho” fue la consigna en Arica y también lo fue en Gueppí. No rendirse, sin embargo, era una decisión absurda y resultaba una opción sin ningún beneficio práctico, ya que de ninguna manera se podía impedir la pérdida de Arica o de Gueppí. La razón exigía rendirse en Arica y replegarse en Gueppí. Era lo lógico y lo razonable rendirse o replegarse. Pero esta gente querida estaba en otra lógica, en una lógica muy diferente. Estaban en la lógica de Blas Pascal, uno de cuyos pensamientos más hermosos dice así: “el corazón tiene razones que la razón no conoce”. Bolognesi y su gente, Lores y su gente, decidieron no guiarse por las razones de la razón sino por las razones del corazón.    

En el medio siglo transcurrido entre Arica y Gueppí la gloria de nuestros defensores había crecido gigantescamente. En tan poco tiempo el nombre de Bolognesi estaba presente en plazas y calles de todo el país. Su imagen física aparecía por doquier. ¿Qué peruano no tenía grabada en su memoria la imagen del anciano de barbilla bien cuidada con la espada en la mano? 

Nuestro Fernando había servido en el Ejército en su estada en Lima y allí obtuvo el grado de sargento. Al producirse la Guerra del Putumayo volvió a enrolarse. Podemos imaginarlo en la capital diciendo “permiso mi coronel” cada vez que se cuadraba ante el monumento a Bolognesi al salir de franco, tal como lo hacen hoy los cadetes en la Escuela Militar de Chorrillos.

Dejemos a Cecilia Flores, su novia eterna, que hace pocos años pasó a la gloria cargada de recuerdos imborrables, nos cuente lo que ella recogió sobre los últimos momentos de nuestro héroe en Gueppí.

Al desembarcar los colombianos en Gueppí lo encontraron moribundo tendido a orillas del río. El capitán médico se le acercó. Al reconocerlo, Fernando lo escupió y enseguida lanzó su último suspiro.

Cecilia Flores solía repetirnos de memoria la frase escrita posteriormente por este médico colombiano: “Mucho hubiera querido conocer el nombre de este valeroso soldado que es digno de un canto homérico”.

 

La valoración de nuestros héroes no puede significar avivar odios contra los países vecinos, ni fomentar espíritu de revancha frente a acontecimientos pasados. En el caso del homenaje que rendimos a Fernando Lores, el recuerdo y la reconstrucción de su vida y de su heroico sacrificio no puede llevarnos a albergar sentimientos contrarios al hermano pueblo de Colombia. Sin embargo, es indispensable la recuperación del pasado, ya que toda nación tiene necesidad de fortalecer continuamente su identidad y una manera de hacerlo consiste en destacar aquellos acontecimientos en los cuales se han puesto de manifiesto los valores de su gente.

Es una gran aspiración del pueblo loretano que nuestros héroes sean reconocidos como tales por todos los pueblos del Perú, ya que en los diversos conflictos fronterizos que se han producido, ha habido hombres y mujeres que ofrendaron lo mejor de sí en defensa de la soberanía nacional. Algunos de ellos encontraron una muerte gloriosa. Otros no tuvieron la misma suerte y sobrevivieron.

Entre nuestros héroes el pueblo loretano ha colocado en un lugar prominente a Fernando Lores, de tal manera que se podría decir que en su persona se ha acumulado todo el valor patriótico puesto de manifiesto por los que combatieron no solamente en Gueppí, sino en toda la Guerra de 1932-1933 e incluso en la del Caquetá de 1911, así como en la del 41, del 81 y del 95.

Nos encontramos frente a algo semejante a lo sucedido en la Guerra con Chile hace un poco más de un siglo. Las personas de Bolognesi, Ugarte, Grau y Cáceres simbolizan a toda esa gran cantidad de gente, loretanos entre ellos, que se ofrendaron en defensa de la soberanía nacional.

En la historia de todos los pueblos de la tierra ha sucedido siempre algo así. Las grandes gestas patrióticas tienen como protagonistas a muchas personas, pero una o unas pocas son reconocidas con su nombre y pasan a simbolizar a todo el grupo. A veces desde un primer momento y otras con el correr del tiempo, se identifica al grupo con la persona. En unos casos es el jefe quien recibe la gloria como aconteció con Bolognesi y Grau. Otras es un subalterno, como sucedió con Cáceres en Tarapacá o con Alfonso Ugarte en Arica.

Esto nos coloca frente al asunto del rol de los individuos en la historia. No cabe duda que la historia la hacen los pueblos, pero hay líderes formales o informales que personifican a esos pueblos porque tomaron valiosas y heroicas iniciativas. En hombres y mujeres así están personificados los valores de cada pueblo. De esta manera estas personas se convierten en un paradigma, es decir en un ejemplo para todos los integrantes de ese pueblo y en ellos reposa un elemento importante de la identidad nacional.

Una pregunta que cabe hacerse tiene que ver con la forma en que se encumbra a una persona llegando a convertirse en ese paradigma. ¿Cómo fue que se encumbró a esa persona? Lo que sucede generalmente es que, desde un primer momento, los pueblos tienen una especie de “olfato” o intuición para identificarlo y difícilmente se equivocan. Con el correr del tiempo se agigantan, principalmente por los aportes de la investigación histórica. Un ejemplo claro de esto es lo sucedido con Cáceres a raíz de los estudios que continúan haciéndose sobre el papel que cumplió en la conducción de la Resistencia Nacional contra el invasor chileno. Sin embargo, su figura ha demorado en crecer.  Basadre acertadamente explica que esto se debió a que “no tuvo la suerte de morir en Huamachuco”. Es casi seguro que cada vez vaya siendo valorado más y más. Sin desmerecer a nuestros otros prohombres, es casi seguro que al cabo de algunas décadas ocupe un sitial en la historia nacional que hoy sea difícil de imaginar. Lo que pasa es que la historia de los pueblos está en constante construcción.

La identificación de la acción heroica poco a poco va simplificándose y en pocas palabras queda expresada siendo fácilmente comprensible para toda la población, incluso para los niños. Allí están el “tengo deberes sagrados que cumplir” de Bolognesi, el caballo blanco y la bandera de Alfonso Ugarte lanzándose desde el Morro, el acto generoso de Grau en Iquique, la fortaleza moral de Cáceres de persistir en la Resistencia Nacional a pesar de las traiciones y los múltiples sinsabores.

En nuestro caso, el pueblo loretano, desde un inicio, sin desmerecer a los demás, identificó a Fernando Lores como el líder informal en lo glorioso que tuvo lugar la mañana del 26 de marzo de 1933 en que fuimos derrotados en Gueppí. La memoria colectiva del pueblo lo ha ido encumbrando con el correr del tiempo. No cabe la posibilidad de que haya habido intereses particulares en levantar su figura. ¿Qué afán pudiera haber habido para intentar realzar a un sargento de 26 años habiendo jefes y oficiales que también habían destacado por su valor? En Lores encontramos, sin duda, un caso típico de héroe popular.

FERNANDO LORES TENAZOA Y SU TIEMPO

 

Suele suceder que, en la vida de los pueblos, sus hechos gloriosos y sus personajes sobresalientes quedan congelados en el tiempo y descolgados de su contexto. Algo de esto es lo que está aconteciendo con Fernando Lores Tenazoa y con el Combate de Gueppí. En realidad, la vida de una persona o un determinado acontecimiento no puede entenderse a cabalidad si no se tiene en cuenta lo que estaba pasando en esos momentos en la vida de ese pueblo. De allí que, al conmemorar el 75 aniversario de su inmolación, vale la pena que nos preguntemos ¿Cómo era Iquitos, Loreto y la Amazonía peruana en aquellos tiempos? ¿En qué guerra se produjo el histórico Combate de Gueppí?

 

María Tenazoa dio a luz al bebe en la madrugada del 27 de abril de 1906. Ella tenía 25 años y éste era su tercer hijo. Antes habían nacido dos mujercitas, Rosa y Luisa. Hubo dos hijos más, Julio y Josefina. María era tarapotina. El padre, Benito Lores, era limeño, de 42 años. No se encontraba en Iquitos en momentos del alumbramiento. Había tenido que viajar al Putumayo para ocupar el cargo de comisario de esa zona. Era también jefe de la lancha "Iquitos". Recién conoció a su hijo tres meses después, al regresar de aquel río, que no era frontera con Colombia, ya que el Perú llegaba hasta el Río Caquetá, mucho más al norte.

 

Cuando nació Fernando su familia vivía en la cuadra cuatro de la calle Arica. Pocos meses después se mudaron a la calle Nanay y posteriormente al jirón Pastaza donde transcurrió su infancia, adolescencia y juventud.

 

Nueve años antes de su nacimiento, en 1897, Iquitos había comenzado a ser la capital del departamento de Loreto. Hasta ese entonces y desde mucho tiempo atrás, Moyobamba había sido la capital. La población de nuestra ciudad era de unos doce mil habitantes, entre los cuales había buena cantidad de ciudadanos de 21 países. En realidad, la mayor parte de población de aquellos tiempos no había nacido en Iquitos, los padres de Fernando, por ejemplo. Los antiguos pobladores indígenas del pueblo Iquito habían tenido que irse a vivir a las afueras de la ciudad y principalmente a la parte alta del Río Nanay, ya que la mucha gente que llegaba iba ocupando el centro. Cada día había menos viviendas con techo de palma y se construían aceleradamente casas al estilo europeo y también locales para las empresas comerciales y bancarias.

 

Unos cuarenta años antes del nacimiento de Fernando Lores, Iquitos había comenzado a dejar de ser un pequeño caserío. Su crecimiento fue rapidísimo. Mucha gente vino de los pueblos que hoy conforman el departamento de San Martín. Allá sólo quedaron los ancianos y algunas mujeres con sus niños. Una de las muchas mujeres jóvenes que vinieron fue María Tenazoa. Precisamente en 1906, año del nacimiento de Fernando, los antiguos pobladores de esos pueblos lograron separarse de Loreto y se creó el departamento de San Martín. Esta fue la respuesta al abandono en que se encontraban debido al agobiante centralismo iquiteño. Todos los recursos presupuestales para Loreto se quedaban acá y nada llegaba a ciudades y pueblos antiguos como Moyobamba, Rioja, Tarapoto o Saposoa.

 

Cuando nuestro héroe estaba todavía en el vientre materno, se instaló por primera vez en Iquitos el servicio de alumbrado eléctrico a cargo de una empresa privada. María tenía cuatro meses de gestación cuando se inauguró el ferrocarril que atravesaba la ciudad, del cual nos queda como recuerdo la locomotora de la Plaza 28 de julio. El niño tenía seis años cuando se puso el agua potable y se estableció la comunicación por telégrafo con Lima. Eran tiempos en que se cocinaba con carbón o leña. Los fogones eran cubiertos con una tapa de lata para disminuir el fuego. Cuentan que el travieso Fernando, a los tres años, se quemó el trasero al sentarse en una de esas latas calientes que su mamá había dejado sobre unos ladrillos cerca al suelo. Fue fuerte la quemadura, ya que estuvo dos meses en tratamiento.

 

Es posible que Fernando haya sido uno de los niños que corrían al lado de los soldados que partían o regresaban del Río Caquetá en la Guerra con Colombia de 1911. Tenía en esos tiempos cinco años.

 

A los seis años, en 1912, comenzó a ir a la escuela. El Estado dedicaba buena parte del presupuesto nacional de educación a las escuelas de Iquitos, dado su crecimiento acelerado. A esa misma edad fue bautizado. Este acto religioso fue quizás uno de los últimos actos del párroco de Iquitos, el padre Pedro Correa, ya que, luego tuvo que irse de esta ciudad donde había estado por unos veinte años. Lo que sucedió fue que, desde 1901, se había producido un problema al interior de la Iglesia Católica, porque prácticamente había dos párrocos en la ciudad. El otro era un misionero agustino, integrante del grupo que habían sido enviados por el Papa al crearse el Vicariato San León del Amazonas, hoy Vicariato de Iquitos. Las autoridades municipales no querían que los agustinos se quedaran en la ciudad, sino que se fueran a vivir a los caseríos.  Según estas autoridades, los misioneros habían sido enviados para “evangelizar a los salvajes” y como “en Iquitos no había salvajes”, no tenían por qué quedarse. De esta manera, se pusieron a favor del padre Correa, quien dependía del obispo de Chachapoyas, la máxima autoridad religiosa en la Amazonía peruana en aquellos tiempos. Todo hace ver que el alcalde y los regidores estaban contentos con el padre Correa, ya que éste se dedicaba a su labor religiosa sin preocuparse por lo que sucedía a su alrededor. Y lo que acontecía no era cualquier cosa. Era muy grave lo que estaba pasando por esos tiempos.

 

Cuando Fernando Lores fue bautizado, a los seis años, la ciudad de Iquitos seguía conmocionada por un escándalo judicial. Los acusados eran Julio César Arana, el hombre más importante en la Amazonía peruana, juntamente con sus socios y varios de sus empleados. Estos últimos estaban presos en la cárcel de la calle Brasil. Este juicio es conocido en la historia de Loreto como el "Escándalo del Putumayo" y se inició al haberse puesto al descubierto los crímenes que se habían venido cometiendo contra la gente indígena de ese río que hoy marca la frontera con Colombia. Se calcula que unas 50 mil personas fueron asesinadas de la manera más horrenda en la extracción del caucho. El juicio se había iniciado en 1907, cuando Fernando tenía un año de nacido. En el Perú y en el extranjero se escribieron libros y artículos periodísticos sobre estos hechos abominables. El Putumayo era nombrado en Estados Unidos, Inglaterra, España y casi todos los países del mundo. La "Peruvian Amazon Company", la empresa de Julio C. Arana, se había hecho tristemente famosa. Colombia se aprovechaba del escándalo y ponía todo de su parte para que se desprestigiara el Perú, ya que por fin había encontrado un pretexto para reclamar el Putumayo, el que nunca le había pertenecido.

 

La época del caucho es la etapa más negra de nuestra historia amazónica. Ni siquiera en tiempos de la dominación española los pueblos indígenas habían sido tratados de manera tan ignominiosa y todo con el afán de obtener grandes ganancias con la explotación cauchera. Esas ganancias salían de la muerte y sufrimiento de la gente indígena a quienes no solamente no se les pagaba salario, sino que se les esclavizaba. Las torturas y asesinatos se producían cuando un indígena no cumplía con entregar los diez kilos diarios de caucho a que estaba obligado o cuando se negaba a trabajar en estas condiciones. La gente de Arana en el Putumayo buscaba "escarmentar" a los que no cumplían con lo que ellos ordenaban para que no cundiera, según ellos, el mal ejemplo. Las autoridades que tenía el Perú en el Putumayo se hacían de la vista gorda. Es posible que este haya sido el papel que le tocó cumplir a Benito Lores, el padre de Fernando. Durante sus primeros años de vida, nuestro héroe no tuvo a su papá a su lado, ya que éste pasaba la mayor parte del tiempo allá y sólo venía de cuando en cuando.

 

Tan grave era todo esto, que el Papa Pío X, hoy San Pío X, escribió una encíclica condenando los crímenes del Putumayo. Este documento fue firmado en Roma un mes después del bautismo de Fernando Lores, en 1912. Podría ser que debido a eso se terminara el problema entre el padre Pedro Correa y los agustinos, ya que ese año estos misioneros se hicieron cargo de la parroquia de Iquitos.

 

El crecimiento acelerado de Iquitos y su progreso se debieron pues al auge de la explotación del caucho. Por eso se puede decir que Iquitos se construyó con sangre y sufrimiento indígena.

 

Sin embargo, la entrada de Fernando Lores a la escuela, en 1912, coincidió con la caída del negocio del caucho. Nuestras exportaciones caucheras se fueron al suelo de la noche a la mañana en 1911 debido a que el caucho que producía Inglaterra en las plantaciones de sus colonias asiáticas, establecidas con semillas robadas de nuestra Amazonía, era de mejor calidad que el nuestro que crecía al natural y también porque ese caucho llegaba a las grandes ciudades consumidoras a menor precio que el nuestro. Esto hizo que prácticamente quedáramos fuera de la competencia en el mercado.

 

Años después, José Carlos Mariátegui diría que lo del caucho no pasó de ser una ilusión y que no supimos darnos cuenta de que era así. Por eso afirma que, con la caída del caucho, Loreto sufrió un cataclismo. Fue así en realidad. Las empresas quebraron, los grandes patrones caucheros se fueron a Lima o a Europa. Se llevaron todo el dinero. Aquí sólo quedó el desempleo y la pobreza. La mayor cantidad de gente que había venido de San Martín se quedó aquí o en los caseríos que se habían creado para el trabajo del caucho. No podían regresar a su tierra como fracasados. Entre la gente que se quedó estuvo María Tenazoa, la madre de Lores. Entre los que se fueron estuvo su padre. No tenía aquí nada qué hacer. Abandonó a su familia y se fue a vivir a Lima. Fernando tenía siete años.

 

La infancia y adolescencia de Fernando Lores transcurrieron en los tiempos de grave crisis que sucedió a la época del caucho. María había quedado sola y sus dos pequeños hijos varones, Fernando y Julio, tuvieron que ponerse a trabajar, primero vendiendo botellas vacías y luego ayudando a cargar bultos o hacer encargos. A los doce años, cuando terminó la primaria, entró a trabajar en un taller de confección de zapatos. Los testimonios que se han recogido de los que lo conocieron lo muestran como un niño juguetón y con iniciativa. Esto hizo que se metiera de malabarista trabajando para Liborio López, un famoso prestidigitador. Actuaba en el Teatro Imperio en la Plaza 28 de Julio. Con el tiempo este lugar se convertiría en el Cine Loretano y mucho más tarde en el Cine Bolognesi. También se hizo teatrista. Su nombre artístico fue "Perote".

 

A los 15 años, nuestro Fernando había sido ya muchas cosas: mandadero, cargador, fabricante de zapatos, cómico, boxeador y también futbolista. Formó parte del Club Tuta. Con estos antecedentes, a nadie puede llamar la atención que vistiera el uniforme militar cuando ese año de 1921 se produjera el levantamiento federalista dirigido por el capitán Guillermo Cervantes. Es fácil imaginárselo metido en la revuelta.

 

Después del fracaso del movimiento cervantista, Fernando sintió que Iquitos le quedaba chico. Por eso, a los 20 años se fue a Lima. Su objetivo era ser militar. Es posible que hubiera visto en Cervantes un ejemplo. Usó la antigua vía del Huallaga hasta Moyobamba, Chachapoyas, Cajamarca, Trujillo y Lima. En su recorrido y en la capital se ganó la vida con los oficios que tan bien conocía. En Lima ingresó al Ejército en 1927. Seis años después consiguió una muerte gloriosa en Gueppí.

 

LA GUERRA CON COLOMBIA

 

El Combate de Gueppí, el 26 de marzo de 1933, fue uno de los encuentros armados que se produjeron en la guerra librada a raíz de la Toma de Leticia el primero de setiembre de 1932. El gobierno de Leguía había entregado, por el Tratado Salomón-Lozano de 1922, la décima parte del territorio nacional al vecino país, cumpliendo así de manera servil las órdenes del gobierno de los Estados Unidos. En 1930 se ejecutó dicho Tratado y nuestra ciudad de Leticia, junto con toda la enorme franja entre el Caquetá y el Putumayo, dejo de pertenecer al Perú convirtiéndose en territorio colombiano. La población peruana de esos territorios también fue entregada a Colombia. Dos años después, en 1932, el valiente pueblo loretano, dirigido por la Junta Patriótica de Loreto, capturó la ciudad de Leticia con armas en la mano. Este hecho provocó la Guerra del Putumayo.

 

Después del Combate de Gueppí, el heroísmo de Lores y sus compañeros hizo que los combatientes peruanos pelearan con mayor entusiasmo. Así, por ejemplo, unas tres semanas después, el 15 de abril, en un operativo de sorpresa, en el lugar denominado Calderón, en la orilla coombiana del Putumayo, nuestra gente tuvo un brillante triunfo, en el que destacó el joven sargento Carlos Sicchar Velásquez, quien estuvo a cargo de la mortífera ametralladora. Vaya el homenaje a nuestro gran amigo, fallecido hace muy poco, tronco de una familia de hijos de Loreto que ha heredado su vena patriota. 

 

En momentos en que conquistábamos éxitos en la guerra, nuevamente se produjo la traición del gobierno de Lima, esta vez del mariscal Oscar R. Benavides, quien acordó con Colombia el alto al fuego y llevó a cabo negociaciones diplomáticas que culminaron en la devolución de Leticia a Colombia.

 

Fernando Lores se inmoló a los 26 años, a un mes antes de su 27 cumpleaños, cuando estaba próximo a casarse. Es sin, duda, un ejemplo de joven loretano.

lunes, 10 de octubre de 2022

MARIATEGUI Y LA AMAZONÍA

 

Gracias a mi buen amigo, el inolvidable Maestro de maestros, Pepe Barletti, tengo el inmenso gusto de compartir con ustedes el facsimil que escribiera hace diecisiete años.

MARIATEGUI Y LA AMAZONIA:

DE LA ILUSION A LA IMAGINACION

 

José Barletti

Casa Mariátegui

14 de junio de 2005

 

·          Pocas líneas dedica José Carlos a la Amazonía.

 

·          Hay dos textos explícitos, ambos en los Siete Ensayos.

 

·          En un  esfuerzo por tomar la integralidad de su pensamiento, se puede tener un hilo conductor en la contraposición que él establece entre ilusión e imaginación.

 

Parece que José Carlos da a la palabra ilusión una carga negativa, mientras que la densidad que da a la palabra imaginación es positiva. Algo de esto último se encuentra en su pequeño ensayo sobre la imaginación y el progreso que aparece en El Alma Matinal.

 

En las dos importantes apreciaciones sobre la Amazonía que aparecen en los Siete Ensayos José Carlos da una connotación negativa a la palabra ilusión.

 

Da la impresión que sostuviera una tesis implícita sobre el significado de la Amazonía para el Estado peruano y para el pueblo peruano. Con relación a la Amazonía habría una ilusión, pero estaríamos muy lejos de hacerla centro de una creadora y fructífera imaginación. 

 

·          Dos textos de Mariátegui sobre la Amazonía:

 

En el primer ensayo, Esquema de la Evolución Económica, cuando se refiere al carácter de nuestra economía actual, la de los años veinte, señala ocho hechos. El sexto hecho es la ilusión del caucho y anota lo siguiente:

 

“En los años de su apogeo el país cree haber encontrado El Dorado en la montaña, que adquiere temporalmente un valor extraordinario en la economía y, sobre todo, en la imaginación del país. Afluyen a la montaña muchos individuos de la “fuerte raza de los aventureros”. Con la baja del caucho, tramonta esta ilusión bastante tropical en su origen y en sus características”. (p.27, en la 68 edición, año 2000).

 

En el sexto ensayo, sobre Regionalismo y Centralismo, se refiere a la Amazonía de manera breve. Cuando analiza la región en la República, afirma:

 

“El Perú, según la geografía física, se divide en tres regiones: la costa, la sierra y la montaña. (En el Perú lo único que se halla bien definido es la naturaleza). Y esta división no es sólo física. Trasciende a toda nuestra realidad social y económica. La montaña, sociológica y económicamente, carece aún de significación. Puede decirse que la montaña, o mejor dicho la floresta, es un dominio colonial del Estado Peruano. Pero la costa y la sierra, en tanto, son efectivamente las dos regiones en que se distingue y separa, como el territorio, la población”. (p.204)

 

A partir de allí, hasta el final de este ensayo, José Carlos sólo se refiere a la costa y a la sierra. Sin embargo, al terminar este segundo texto, nos lleva a un extenso pie de página, en que continúa su reflexión sobre la Amazonía, debatiendo con una ilustre loretana, la yurimaguina Miguelina Acosta Cárdenas.  Leamos el pie de página:

 

“El valor de la montaña en la economía peruana – me observa Miguelina Acosta – no puede ser medido con los datos de los últimos años. Estos años corresponden a un período de crisis, vale decir, a un período de excepción. Las exportaciones de la montaña no tienen hoy casi ninguna importancia en la estadística del comercio peruano, pero la han tenido y muy grande, hasta la guerra. La situación actual de Loreto es la de una región que ha sufrido un cataclismo.

 

Esta observación es justa. Para apreciar la importancia económica de Loreto es necesario no mirar sólo a su presente. La producción de la montaña ha jugado hasta hace pocos años un rol importante en nuestra economía. Ha habido una época en que la montaña empezó a adquirir el prestigio de un El Dorado. Fue la época en que el caucho apareció como una ingente riqueza de inmensurable valor. Francisco García Calderón, en El Perú Contemporáneo, escribía hace aproximadamente veinte años que el caucho era la gran riqueza del porvenir. Todos compartieron esta ilusión.

 

Pero, en verdad, la fortuna del caucho dependía de circunstancias pasajeras. Era una fortuna contingente, aleatoria. Si no lo comprendimos oportunamente fue por esa facilidad con que nos entregamos a un optimismo panglossiano cuando nos cansamos demasiado de un escepticismo epidérmicamente frívolo. El caucho no podía ser razonablemente equiparado a un recurso mineral, más o menos peculiar o exclusivo de nuestro territorio.

 

La crisis de Loreto no representa una crisis, más o menos temporal, de sus industrias. Miguelina Acosta sabe muy bien que la vida industrial de la Montaña es demasiado incipiente. La fortuna del caucho fue la fortuna ocasional de un recurso de la floresta, cuya explotación dependía, por otra parte, de la proximidad de la zona – no trabajada sino devastada – a las vías de transporte.

 

El pasado económico de Loreto no nos demuestra, por consiguiente, nada que invalide mi aserción en lo que tiene de sustancial. Escribo que económicamente la Montaña carece aún de significación. Y, claro, esta significación tengo que buscarla, ante todo, en el presente.  Además, tengo que quererla parangonable o proporcional a la significación de la Sierra y de la Costa. El juicio es relativo.

 

Al mismo concepto de comparación puedo acogerme en cuanto a la significación sociológica de la Montaña. En la sociedad peruana distingo dos elementos fundamentales, dos fuerzas sustantivas. Esto no quiere decir que no distinga nada más. Quiere decir solamente que todo lo demás, cuya realidad no niego, es secundario.

 

Pero prefiero no contentarme con esta explicación. Quiero considerar con la más amplia justicia las observaciones de Miguelina Acosta. Una de éstas, la esencial, es que de la sociología de la Montaña se sabe muy poco. El peruano de la Costa, como el de la Sierra, ignora al de la Montaña. En la Montaña, o más propiamente hablando, en el antiguo departamento de Loreto, existen pueblos de costumbres y tradiciones propias, casi sin parentesco con las costumbres y tradiciones de los pueblos de la Costa y de la Sierra. Loreto tiene indiscutible individualidad en nuestra sociología y en nuestra historia. Sus capas biológicas no son las mismas. Su evolución social se ha cumplido diversamente.

 

A este respecto, es imposible no declararse de acuerdo con la doctora Acosta Cárdenas, a quien toca, sin duda, concurrir al esclarecimiento de la realidad peruana con un estudio completo de la sociología de Loreto. El debate sobre el tema del regionalismo no puede dejar de considerar a Loreto como una región (Es necesario precisar: A Loreto, no a la “Montaña”). El regionalismo de Loreto es un regionalismo que, más de una vez ha afirmando insurreccionalmente sus reivindicaciones. Y que, por ende, si no ha sabido ser teoría, ha sabido en cambio ser acción. Lo que a cualquiera le parecerá, sin  duda, suficiente para tenerlo en cuenta.  (p.204-206)

 

   

·          Miguelina Acosta Cárdenas.

 

Nació en Yurimaguas en 1898, en plena Época del Caucho. Como otros hijos de caucheros, fue a estudiar a Europa (Suiza). A su regreso, fundó el Colegio de Señoritas de su ciudad natal y también el primer centro de educación inicial. En los años 20 fue a Lima y estudio Derecho en la Universidad de San Marcos y murió a los 35 años el 18 de octubre de 1933. Se graduó con la tesis sobre el derecho de la mujeres a sufragar en elecciones. Fue la primera mujer abogada en la historia del país. Fue integrante de la Asociación Pro Indígena, en la que medió en el conflicto sentimental de Dora Mayer con relación a Pedro Zulen. Fue asesora de sindicatos  en el Callao. Al año siguiente de muerte, la Federación Sindical llevó a cabo una romería a su tumba al cementerio de Baquíjano. En el número 12 de la Revista Amauta, en 1928, escribió un artículo sobre el derecho de los niños indios a la educación, en el que, después de presentar la realidad, propone el establecimiento de escuelas itinerantes.

 

Con relación al pie de página de los Siete Ensayos, trascrito líneas arriba, parece que Miguelina conoció el texto preliminar del ensayo sobre regionalismo y centralismo, lo cual motivó la observación a que hace referencia José Carlos. Evidentemente, era muy duro que una loretana aceptara que su región ya no tenía importancia en la vida económica y social del Perú, después de haber vivido del apogeo del negocio del caucho.

 

·          La Época del Caucho (1880-1920).

 

o    La caída del negocio del caucho: “Loreto sufrió un cataclismo”.

 

Guido Pennano, en su tesis doctoral sobre La Economía del Caucho (Iquitos: CETA, 1984), presenta con mucha precisión el proceso de la caída del negocio del caucho a partir de 1911, sustentando sus afirmaciones con series históricas por él construidas.

 

o    La prosperidad de las ciudades amazónicas, como Iquitos y Yurimaguas, se hizo con sangre y sufrimiento indígena. Llama la atención que José Carlos no haga referencia alguna a la esclavitud de la gente indígena amazónica para la extracción del caucho, más aún si se tiene en cuenta que contó con información de primera mano a través de Benjamín Saldaña Roca, quien había ejercido el periodismo en Iquitos en dos periódicos suyos (La Felpa y La Sanción). Saldaña había sido obligado a salir de Iquitos por los esbirros del cauchero Julio C. Arana y ya en Lima estuvo cerca de José Carlos. Por otra parte, es altamente probable que Mariátegui conociera el libro El Proceso del Putumayo, publicado en 1915, escrito por el juez Carlos Valcárcel con toda la información del juicio que le tocara conducir desde 1907. Así también debió haber conocido el Informe del cónsul inglés Roger Casement dado a conocer en 1912 y la Encíclica Lamentabili Statu de Pio X de 1912.  

 

·          La percepción de los pueblos de la Costa y de la Sierra sobre la Amazonía. 

 

o    La “montaña”, “el antiguo departamento de Loreto” y la “floresta” (Más de 80% de bosque en pie).

o    “El peruano de la Sierra y de la Costa ignora al de la Montaña”: Lo ignora en cuanto que no lo conoce.

o    Pedro Cieza de León y la percepción de la gente andina sobre la Amazonía..

o    La expansión civilizatoria hacia el oriente: La tesis doctoral de Víctor Andrés Belaunde de 1917,  “Las Marcas Orientales de Tahuantinsuyo” (Boletín X del IFEA).

o    La otra mirada: el quiebre con Julio C. Tello y las “mentiras sobre Loreto” (Hildebrando Fuentes).

 

·          La autonomía de procesos civilizatorios en la antiguedad: Mundo andino-costeño y Mundo-llano amazónico.

 

o    La articulación longitudinal de la Amazonía continental: “las amplias redes de intercambio” de Thomas Myers.

o    El nivel civilizatorio alcanzado por los pueblos amazónicos antes de la invasión europea.

o    La comprensión de los ecosistemas amazónicos: “Sus capas biológicas no son las mismas”.

 

·          El rol de los pueblos bisagra, de frontera ecológica, cabalgando entre dos mundos (Pastos y Quillacingas, Mindalaes, Bracamoros, Chachapoyas, Chupaychos, Vilcabambas). (Kuelap está descontextualizado).

 

·          “La individualidad de Loreto en nuestra sociología y en nuestra historia”.

 

o    La parcelación de la Amazonía a partir de la invasión española y la dominación colonial: La pérdida de la articulación longitudinal.

o    El levantamiento indígena de Jeberos y Lagunas de 1809.

o    El proceso de la Independencia en la Amazonía (Higos Urco).

o    Las herencias culturales en la Amazonía peruana.

o    La voluntad autonómica (El Movimiento Federalista de Loreto).

 

·          El Estado peruano y la Amazonía:

 

o    “Dominio colonial del Estado Peruano”: (Afirmación de José Carlos duramente respondida por Víctor Andrés Belaunde en La Realidad Nacional).

o    La política amazónica del Estado Peruano.

 

·          La imaginación del futuro.

 

o    Recoger la ironía de Mariátegui: El regionalismo de Loreto no ha sabido ser teoría. Es pura acción. (Algo es algo).

 

“Mi sangre y mis ideas”, unidad de pensamiento y acción, siempre reclamada por Mariátegui. Pensamiento transformador más que pensamiento contemplativo, resalta Gustavo Gutiérrez.

 

o    Del “vago sentimiento de malestar” a la “sólida aspiración programática”.

o    La rearticulación longitudinal de la Amazonía peruana.

o    “Uno no prevé ni imagina sino lo que ya está germinando, madurando en la entraña oscura de la historia”. (Ensayo sobre La imaginación y el Progreso, en El Alma Matinal). 

o    La Amazonía continental y la Amazonía andina (Los países amazónicos andinos poseemos el 33% del territorio amazónico continental, siendo el Perú el mayor de éstos, con 11% del territorio amazónico).