lunes, 10 de octubre de 2022

MARIATEGUI Y LA AMAZONÍA

 

Gracias a mi buen amigo, el inolvidable Maestro de maestros, Pepe Barletti, tengo el inmenso gusto de compartir con ustedes el facsimil que escribiera hace diecisiete años.

MARIATEGUI Y LA AMAZONIA:

DE LA ILUSION A LA IMAGINACION

 

José Barletti

Casa Mariátegui

14 de junio de 2005

 

·          Pocas líneas dedica José Carlos a la Amazonía.

 

·          Hay dos textos explícitos, ambos en los Siete Ensayos.

 

·          En un  esfuerzo por tomar la integralidad de su pensamiento, se puede tener un hilo conductor en la contraposición que él establece entre ilusión e imaginación.

 

Parece que José Carlos da a la palabra ilusión una carga negativa, mientras que la densidad que da a la palabra imaginación es positiva. Algo de esto último se encuentra en su pequeño ensayo sobre la imaginación y el progreso que aparece en El Alma Matinal.

 

En las dos importantes apreciaciones sobre la Amazonía que aparecen en los Siete Ensayos José Carlos da una connotación negativa a la palabra ilusión.

 

Da la impresión que sostuviera una tesis implícita sobre el significado de la Amazonía para el Estado peruano y para el pueblo peruano. Con relación a la Amazonía habría una ilusión, pero estaríamos muy lejos de hacerla centro de una creadora y fructífera imaginación. 

 

·          Dos textos de Mariátegui sobre la Amazonía:

 

En el primer ensayo, Esquema de la Evolución Económica, cuando se refiere al carácter de nuestra economía actual, la de los años veinte, señala ocho hechos. El sexto hecho es la ilusión del caucho y anota lo siguiente:

 

“En los años de su apogeo el país cree haber encontrado El Dorado en la montaña, que adquiere temporalmente un valor extraordinario en la economía y, sobre todo, en la imaginación del país. Afluyen a la montaña muchos individuos de la “fuerte raza de los aventureros”. Con la baja del caucho, tramonta esta ilusión bastante tropical en su origen y en sus características”. (p.27, en la 68 edición, año 2000).

 

En el sexto ensayo, sobre Regionalismo y Centralismo, se refiere a la Amazonía de manera breve. Cuando analiza la región en la República, afirma:

 

“El Perú, según la geografía física, se divide en tres regiones: la costa, la sierra y la montaña. (En el Perú lo único que se halla bien definido es la naturaleza). Y esta división no es sólo física. Trasciende a toda nuestra realidad social y económica. La montaña, sociológica y económicamente, carece aún de significación. Puede decirse que la montaña, o mejor dicho la floresta, es un dominio colonial del Estado Peruano. Pero la costa y la sierra, en tanto, son efectivamente las dos regiones en que se distingue y separa, como el territorio, la población”. (p.204)

 

A partir de allí, hasta el final de este ensayo, José Carlos sólo se refiere a la costa y a la sierra. Sin embargo, al terminar este segundo texto, nos lleva a un extenso pie de página, en que continúa su reflexión sobre la Amazonía, debatiendo con una ilustre loretana, la yurimaguina Miguelina Acosta Cárdenas.  Leamos el pie de página:

 

“El valor de la montaña en la economía peruana – me observa Miguelina Acosta – no puede ser medido con los datos de los últimos años. Estos años corresponden a un período de crisis, vale decir, a un período de excepción. Las exportaciones de la montaña no tienen hoy casi ninguna importancia en la estadística del comercio peruano, pero la han tenido y muy grande, hasta la guerra. La situación actual de Loreto es la de una región que ha sufrido un cataclismo.

 

Esta observación es justa. Para apreciar la importancia económica de Loreto es necesario no mirar sólo a su presente. La producción de la montaña ha jugado hasta hace pocos años un rol importante en nuestra economía. Ha habido una época en que la montaña empezó a adquirir el prestigio de un El Dorado. Fue la época en que el caucho apareció como una ingente riqueza de inmensurable valor. Francisco García Calderón, en El Perú Contemporáneo, escribía hace aproximadamente veinte años que el caucho era la gran riqueza del porvenir. Todos compartieron esta ilusión.

 

Pero, en verdad, la fortuna del caucho dependía de circunstancias pasajeras. Era una fortuna contingente, aleatoria. Si no lo comprendimos oportunamente fue por esa facilidad con que nos entregamos a un optimismo panglossiano cuando nos cansamos demasiado de un escepticismo epidérmicamente frívolo. El caucho no podía ser razonablemente equiparado a un recurso mineral, más o menos peculiar o exclusivo de nuestro territorio.

 

La crisis de Loreto no representa una crisis, más o menos temporal, de sus industrias. Miguelina Acosta sabe muy bien que la vida industrial de la Montaña es demasiado incipiente. La fortuna del caucho fue la fortuna ocasional de un recurso de la floresta, cuya explotación dependía, por otra parte, de la proximidad de la zona – no trabajada sino devastada – a las vías de transporte.

 

El pasado económico de Loreto no nos demuestra, por consiguiente, nada que invalide mi aserción en lo que tiene de sustancial. Escribo que económicamente la Montaña carece aún de significación. Y, claro, esta significación tengo que buscarla, ante todo, en el presente.  Además, tengo que quererla parangonable o proporcional a la significación de la Sierra y de la Costa. El juicio es relativo.

 

Al mismo concepto de comparación puedo acogerme en cuanto a la significación sociológica de la Montaña. En la sociedad peruana distingo dos elementos fundamentales, dos fuerzas sustantivas. Esto no quiere decir que no distinga nada más. Quiere decir solamente que todo lo demás, cuya realidad no niego, es secundario.

 

Pero prefiero no contentarme con esta explicación. Quiero considerar con la más amplia justicia las observaciones de Miguelina Acosta. Una de éstas, la esencial, es que de la sociología de la Montaña se sabe muy poco. El peruano de la Costa, como el de la Sierra, ignora al de la Montaña. En la Montaña, o más propiamente hablando, en el antiguo departamento de Loreto, existen pueblos de costumbres y tradiciones propias, casi sin parentesco con las costumbres y tradiciones de los pueblos de la Costa y de la Sierra. Loreto tiene indiscutible individualidad en nuestra sociología y en nuestra historia. Sus capas biológicas no son las mismas. Su evolución social se ha cumplido diversamente.

 

A este respecto, es imposible no declararse de acuerdo con la doctora Acosta Cárdenas, a quien toca, sin duda, concurrir al esclarecimiento de la realidad peruana con un estudio completo de la sociología de Loreto. El debate sobre el tema del regionalismo no puede dejar de considerar a Loreto como una región (Es necesario precisar: A Loreto, no a la “Montaña”). El regionalismo de Loreto es un regionalismo que, más de una vez ha afirmando insurreccionalmente sus reivindicaciones. Y que, por ende, si no ha sabido ser teoría, ha sabido en cambio ser acción. Lo que a cualquiera le parecerá, sin  duda, suficiente para tenerlo en cuenta.  (p.204-206)

 

   

·          Miguelina Acosta Cárdenas.

 

Nació en Yurimaguas en 1898, en plena Época del Caucho. Como otros hijos de caucheros, fue a estudiar a Europa (Suiza). A su regreso, fundó el Colegio de Señoritas de su ciudad natal y también el primer centro de educación inicial. En los años 20 fue a Lima y estudio Derecho en la Universidad de San Marcos y murió a los 35 años el 18 de octubre de 1933. Se graduó con la tesis sobre el derecho de la mujeres a sufragar en elecciones. Fue la primera mujer abogada en la historia del país. Fue integrante de la Asociación Pro Indígena, en la que medió en el conflicto sentimental de Dora Mayer con relación a Pedro Zulen. Fue asesora de sindicatos  en el Callao. Al año siguiente de muerte, la Federación Sindical llevó a cabo una romería a su tumba al cementerio de Baquíjano. En el número 12 de la Revista Amauta, en 1928, escribió un artículo sobre el derecho de los niños indios a la educación, en el que, después de presentar la realidad, propone el establecimiento de escuelas itinerantes.

 

Con relación al pie de página de los Siete Ensayos, trascrito líneas arriba, parece que Miguelina conoció el texto preliminar del ensayo sobre regionalismo y centralismo, lo cual motivó la observación a que hace referencia José Carlos. Evidentemente, era muy duro que una loretana aceptara que su región ya no tenía importancia en la vida económica y social del Perú, después de haber vivido del apogeo del negocio del caucho.

 

·          La Época del Caucho (1880-1920).

 

o    La caída del negocio del caucho: “Loreto sufrió un cataclismo”.

 

Guido Pennano, en su tesis doctoral sobre La Economía del Caucho (Iquitos: CETA, 1984), presenta con mucha precisión el proceso de la caída del negocio del caucho a partir de 1911, sustentando sus afirmaciones con series históricas por él construidas.

 

o    La prosperidad de las ciudades amazónicas, como Iquitos y Yurimaguas, se hizo con sangre y sufrimiento indígena. Llama la atención que José Carlos no haga referencia alguna a la esclavitud de la gente indígena amazónica para la extracción del caucho, más aún si se tiene en cuenta que contó con información de primera mano a través de Benjamín Saldaña Roca, quien había ejercido el periodismo en Iquitos en dos periódicos suyos (La Felpa y La Sanción). Saldaña había sido obligado a salir de Iquitos por los esbirros del cauchero Julio C. Arana y ya en Lima estuvo cerca de José Carlos. Por otra parte, es altamente probable que Mariátegui conociera el libro El Proceso del Putumayo, publicado en 1915, escrito por el juez Carlos Valcárcel con toda la información del juicio que le tocara conducir desde 1907. Así también debió haber conocido el Informe del cónsul inglés Roger Casement dado a conocer en 1912 y la Encíclica Lamentabili Statu de Pio X de 1912.  

 

·          La percepción de los pueblos de la Costa y de la Sierra sobre la Amazonía. 

 

o    La “montaña”, “el antiguo departamento de Loreto” y la “floresta” (Más de 80% de bosque en pie).

o    “El peruano de la Sierra y de la Costa ignora al de la Montaña”: Lo ignora en cuanto que no lo conoce.

o    Pedro Cieza de León y la percepción de la gente andina sobre la Amazonía..

o    La expansión civilizatoria hacia el oriente: La tesis doctoral de Víctor Andrés Belaunde de 1917,  “Las Marcas Orientales de Tahuantinsuyo” (Boletín X del IFEA).

o    La otra mirada: el quiebre con Julio C. Tello y las “mentiras sobre Loreto” (Hildebrando Fuentes).

 

·          La autonomía de procesos civilizatorios en la antiguedad: Mundo andino-costeño y Mundo-llano amazónico.

 

o    La articulación longitudinal de la Amazonía continental: “las amplias redes de intercambio” de Thomas Myers.

o    El nivel civilizatorio alcanzado por los pueblos amazónicos antes de la invasión europea.

o    La comprensión de los ecosistemas amazónicos: “Sus capas biológicas no son las mismas”.

 

·          El rol de los pueblos bisagra, de frontera ecológica, cabalgando entre dos mundos (Pastos y Quillacingas, Mindalaes, Bracamoros, Chachapoyas, Chupaychos, Vilcabambas). (Kuelap está descontextualizado).

 

·          “La individualidad de Loreto en nuestra sociología y en nuestra historia”.

 

o    La parcelación de la Amazonía a partir de la invasión española y la dominación colonial: La pérdida de la articulación longitudinal.

o    El levantamiento indígena de Jeberos y Lagunas de 1809.

o    El proceso de la Independencia en la Amazonía (Higos Urco).

o    Las herencias culturales en la Amazonía peruana.

o    La voluntad autonómica (El Movimiento Federalista de Loreto).

 

·          El Estado peruano y la Amazonía:

 

o    “Dominio colonial del Estado Peruano”: (Afirmación de José Carlos duramente respondida por Víctor Andrés Belaunde en La Realidad Nacional).

o    La política amazónica del Estado Peruano.

 

·          La imaginación del futuro.

 

o    Recoger la ironía de Mariátegui: El regionalismo de Loreto no ha sabido ser teoría. Es pura acción. (Algo es algo).

 

“Mi sangre y mis ideas”, unidad de pensamiento y acción, siempre reclamada por Mariátegui. Pensamiento transformador más que pensamiento contemplativo, resalta Gustavo Gutiérrez.

 

o    Del “vago sentimiento de malestar” a la “sólida aspiración programática”.

o    La rearticulación longitudinal de la Amazonía peruana.

o    “Uno no prevé ni imagina sino lo que ya está germinando, madurando en la entraña oscura de la historia”. (Ensayo sobre La imaginación y el Progreso, en El Alma Matinal). 

o    La Amazonía continental y la Amazonía andina (Los países amazónicos andinos poseemos el 33% del territorio amazónico continental, siendo el Perú el mayor de éstos, con 11% del territorio amazónico).

lunes, 19 de septiembre de 2022

COMBATE DE LA PEDRERA

 

El 10 de julio de 1911 habiendo efectuado a medio día en secreto
una lenta y difícil travesía fluvial, llegó la expedición peruana a proximidades
de La Pedrera. El comandante Benavides envió en un bote,
como parlamentario al sub-tnte. Alberto Bergerie con las banderas peruana
y blanca, un corneta y bogas, ante el comando colombiano,
intimando la desocupación de la margen peruana en el plazo de dos
horas a contarse del momento en que los colombianos tomaran conocimiento del “ultimatum” y advirtiéndoles que si se notaban movimientos
sospechosos o actitudes hostiles, se procedería de inmediato por lafuerza; invocaba también las reglas del derecho internacional del tratamiento a los parlamentarios.

El general Gamboa que había destacado tropas al mando del
general Gabriel Valencia a Puerto Córdova, aguas arriba de La Pedrera
y a un día de camino de este lugar, solicitó que se postergara el plazo a
dos días para dar una respuesta definitiva. El jefe peruano expresó
que la proposición era inaceptable y que por lo consiguiente, al expirar
las dos horas señaladas, se procedería a hacer uso de la fuerza para
la desocupación y hacer respetar la integridad del territorio patrio (1).

La Pedrera está situada en una elevación rocosa del terreno que
domina completamente el río, en la margen derecha del Pure, afluente
del Caquetá. Aguas abajo del campamento colombiano, el terreno es
bajo e inundable, aguas arriba del río es abordable. Frente a la guarnición
existe una “cashuera” formada por una línea de rocas unidas
por un fondo bajo y pedregoso, haciendo que el agua adquiera gran
velocidad al pasar entre ellas, formando fuertes remolinos en los extremos.
Esta “cashuera” no había sido pasada hasta entonces por ninguna
embarcación. Las tropas del general Gamboa se habían atrincherado
a lo largo de la orilla. El campamento se hallaba despejado y
rodeado de vegetación alta. En los alrededores de la guarnición colocaron minas para reforzar la defensa.

Dadas las condiciones del terreno, sólo un movimiento envolvente aguas arriba de la guarnición colombiana, permitiría el desembarco de las tropas peruanas y con ello atacar el flanco de la posición defensiva y luego fijar al enemigo de frente con la “América”. Este fue justamente el plan del jefe peruano; pero para ejecutar la primera fase era necesario que la cañonera peruana venciera el fuerte obstáculo natural que ofrecía la “cashuera”.

Terminado el plazo dado por el comandante Benavides, la cañonera “América” inició el desplazamiento, seguida por la “Loreto” que conducía tropas de desembarco; la “Tarapoto” y la “Estefita” quedaron amarradas con las tropas de reserva en la cabeza de la isla. Eran las 1520 horas. Este movimiento originó fuerte descarga de fusilería de parte de los colombianos, la cual aumentaba conforme el avance de los peruanos.
El tnte. Clavero en la “América” cubría a la “Loreto” en rumbo decididamente para atacar la posición enemiga. Estando limitada su maniobra al canal de navegación del río, esperó el momento oportuno para emplear sus cañones. A las 1620 horas el cañón de proa manejado personalmente por el tnte. Mercado, hizo el primer disparo, los que luego se sucedieron. La “América” se aproximó hasta 150 mts. de tierra hundiendo la lanchita colombiana de enlace, más no consiguiendo desembarcar las tropas peruanas del transporte “Loreto”, debido al intenso fuego de sus defensores.
Las cuatro veces que efectuó esta maniobra fracasó, regresando
a amarrarse a la isla a 1830 horas con la “Loreto”, habiendo sufrido ambas fuertes bajas. Murieron en esta acción el sub-teniente Alberto E. Bergerie en la “América” y el Teniente César Pinglo en la “Loreto” y además algunos soldados y marineros Fueron enterrados en la margen derecha del río aguas abajo de la posición colombiana, frente a la isla.
Los heridos se trasladaron a la “Tarapoto”.
Como justo homenaje a la memoria de estos oficiales las guarniciones peruanas de Pinglo en el Marañón y de Bergerie en el Putumayo llevan sus nombres.

Durante la noche de ese día en medio de una lluvia torrencial, la “América” en completo obscurecimiento efectuó fuego de hostigamiento sobre la guarnición colombiana, a fin de mantener en constante intranquilidad a la tropa enemiga en la creencia de un posible desembarco nocturno y disminuir su moral.
Al día siguiente 11, se reinició el combate entre las 10 y 11 horas habiéndose tenido que suspender entre las 14 y 16 horas por no haber obtenido ningún resultado positivo En ese día murió en la acción el contramaestre señalero José Navarro Solano primer apuntador de la pieza de popa.
Decididamente, no era ese el camino a seguir. Así lo comprendió el comandante Benavides, quien convocó una reunión a la que asistieron todos los oficiales, acordándose en ella forzar la cashuera y desembarcar
aguas arriba de la posición colombiana para atacar su flanco
izquierdo. La “América” debería luego fijar a los defensores atacándolos
por el frente. Se reunió a toda la tripulación y la tropa, arengándolos
ante la tumba de los oficiales, tripulantes y soldados muertos en la acción.
El día 12 a las 1045 horas avanzaron la “América” y la “Loreto”
en el orden indicado, resueltamente para forzar la “cashuera”. Entonces
ya se habían reforzado las tropas del general Gamboa con las del
general Valencia, procedente de Puerto Córdova y con los indios witotos
quienes con fusiles Winchester, disparaban desde los árboles.
La “América” soportando este intenso fuego continuó su avance
hacia la cashuera, quedando a 100 metros de la orilla, prácticamente
estacionaria debido a la fuerte correntada a pesar de dar toda fuerza
avante con sus máquinas. Esta situación la aprovecharon los colombianos,
que concentraron sus fuegos sobre ella barriendo la cubierta y
perforando sus planchas. Acribillada a balazos, Clavero da la orden de
levantar la presión de vapor hasta que “reventara la caldera”, logrando al fin después de 15 minutos, que la potencia de las máquinas vencieran
la corriente, el obstáculo natural insalvable que creían los colombianos.
Sólo el acendrado patriotismo de esos hombres, su valor y la decidida
voluntad de triunfar, pudieron más que esas caudalosas aguas.

La “Loreto” siguiendo la estela de la “América” y a pesar de habérsele
trabado el timón, logró también forzar el paso.
Libres del obstáculo natural, se dirigieron rápidamente a la margen
derecha del río como estaba planeado, donde desembarcaron las
tropas que atacaron al enemigo por su flanco izquierdo buscando la
retaguardia.
Mientras tanto la América’ regresaba para situarse frente a las
trincheras colombianas atacándolas decididamente y protegiendo el
avance de nuestras tropas.
El resultado del combate no se hizo esperar. Quienes habían invadido
nuestro territorio, sorprendidos por la brava maniobra de la
“América” y viéndose atacados por ambos frentes y que sus minas fallaron,
abandonaron sus posiciones internándose en el monte por una trocha
prevista a territorio del Brasil, dejando a sus muertos y pertrechos
Entre los invasores cayó prisionero el general Gamboa. Por nuestra
parte sufrimos muchas bajas. La “América” tuvo 38 impactos en su
casco y superestructura que luce actualmente orgullosa como prueba
fehaciente de su valiente actuación, los cuales intencionalmente no han
sido reparados.
En las últimas horas de la tarde de aquel memorable 12 de julio
de 1911 fue izado el pabellón peruano, ratificando nuestra integridad nacional en ese rincón de nuestra selva amazónica.

(1) Apuntes sobre algunas acciones de armas libradas en el teatro del nor-oriente,      Tnte. Crnl. Dn. Luís Velásquez del Carpio. Revista de Artillería N 30. 

miércoles, 14 de septiembre de 2022

MEMORIA

 

Brindo por la memoria

de las batallas que tuvimos

sin ningún muerto

o malherido,

por los años de reposo

en armisticio,

por las capillas levantadas

y el dios te guarde de la despedida,

no estábamos para pensar en el futuro

dependiendo de la voluntad de los mayores

aunque pasaran las aves en bandadas

las estaciones no se notaran claramente

o estuviéramos precisamente donde no nos buscábamos.

Cuando necesitábamos del fuego

del calor del abrazo y los mordiscos

de los líquidos confundidos posesivos

parando los relojes

dejando de sonar el día

ocupándonos estaban otros espacios

no teníamos por cierta la razón de nuestro encuentro

nos esperaban nuestros propios avatares

confundidos entre la hojarasca los libros y la música

los niños que paseaban juguetones

las mujeres apuradas al trabajo

los hombres

de reojo

mirando cabizbajos sus deseos.

De: "De lluvias y garúas"

FM  9/2008

 

 

martes, 13 de septiembre de 2022

TARDES DE INFANTES

I

A lo lejos se atiza el fuego

mientras jugamos escondidos

turgencias y torrentes

la piel reconocida

los labios temblorosos,

no somos lo que fuimos.

 II

 La barrera adulta se levanta

anulando el manantial de la memoria

ni Freud ni los tabúes explican o controlan

las dichas del encuentro

la sangre que abochorna,

no somos lo que fuimos.

 III

 Sostengo las miradas

controlo la carne por la carne

la piel que inunda humedeciendo

el beso trunco la caricia

el vientre taciturno,

no somos lo que fuimos.

 IV

 Jugábamos a ser parejas

nuestros amigos los hijos no tenidos

la comidita se quemaba en la cocina

escondiendo nuestro juego a los mayores

mientras quemaban las caricias,

no somos lo que fuimos.

 V

 Las yemas de los dedos recorrían

las pálidas mejillas sorprendidas

y un beso enemigo del infierno

robado en el candor del juego

decía que existía el cielo,

no somos lo que fuimos.

De: "De lluvias y garúas"

FM  9/2014 

lunes, 6 de septiembre de 2021

DE MAROCAS Y TOMBOS CALATOS



 Alberto Chirif.

Lo he dicho ya varias veces y lo repito ahora: este vocabulario se enmarca temporalmente a mediados del siglo XX, entre las décadas de 1940 y 1960. Esto no quiere decir que los vocablos que incluye o los lugares y acontecimientos que refiere hayan existido exclusivamente en ese periodo. No es así. Cojudeces, por ejemplo, como vocablo y como hechos que merecen esta calificación son anteriores a la primera década mencionada y superan la segunda. Sucede lo mismo con muchos de los lugares descritos, como bares y salas de cine. Sin embargo, me he tomado algunas licencias, como incluir una entrada referida al “Palais Concert”, cafetería, café y bar, aunque también lugar de proyección de películas, que desapareció en 1930. La razón de esto, si acaso puedo dar alguna, es por la vigencia de sus alusiones en la literatura posterior a su cierre. Pero, en fin, como toda licencia, esta es también licenciosa, transgresora y arbitraria, y le pido al lector no pedirme más explicaciones. Sí excluyo definitivamente de este vocabulario términos mucho más recientes, que hacen parte de una jerga y un habla que he debido que aprender, aunque confieso que mi conocimiento de ella es muy defectuoso. Me estoy refiriendo a términos como zanahoria, palta (hacerse p.), brócoli, casposa, mosaico y centenares de otros aún más modernos, como cool, point, looser o resetearse.

Alberto Chirif.

 

42 Feria del Libro Ricardo Palma en Miraflores.

Hasta el 13 de septiembre.

Parque Kennedy, stand número 1, Estación La Cultura.

Horario de 11 am a 9 de la noche.

 

 


domingo, 29 de agosto de 2021

EL RESCATE DE LETICIA

 El 1° de septiembre de 2021 se cumplen 89 años de la gesta de loretanos que rescataron el territorio peruano Leticia, de manos de las fuerzas colombianas. Aquí un recuerdo y un homenaje.


Comentario sobre el libro:





 El rescate de Leticia

 Alberto Chirif

 En 1922, el gobierno del presidente Augusto B. Leguía firmó el Tratado Salomón-Lozano que definió los límites del Perú con Colombia. Mediante ese Tratado, Colombia se quedó con el espacio interfluvial comprendido entre los ríos Putumayo y Caquetá y también con el territorio conocido como Trapecio Amazónico, que se extiende entre el Putumayo y el Amazonas, dentro de cual se encuentra Leticia. Lo extraño es que este segundo espacio no había sido materia evidente de los reclamos colombianos. Hubo entonces una cesión extraña de un territorio que estaba ocupado por el Perú y de un centro poblado como Leticia que había sido fundado por peruanos. El tratado de límites, mantenido en secreto por el gobierno de Leguía durante años, fue repudiado por ciudadanos de Loreto y otros afincados en ese departamento. Indignados, decidieron rescatar Leticia en una acción cívica que se ejecutó el 1º de septiembre de 1932. Diez meses más tarde, y luego del asesinato del presidente Sánchez Cerro, el Perú refrendó el Tratado y retiró sus tropas que ocupaban Leticia. Sobre este episodio trata el libro El Rescate de Leticia, escrito por Pablo Carmelo Montalván, uno de los voluntarios que se enroló en el Ejército Peruano para defender esa parte del territorio nacional. Es un evento histórico poco y mal conocido en el país.

 El texto que sigue es la presentación del libro hecha por el antropólogo Alberto Chirif,

en Iquitos, la noche del pasado jueves 27 de agosto de 2015, en el Centro Cultural Irapay.

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Transcurren los últimos días del mes de septiembre de 1932. Una nave que transporta bulliciosos pasajeros acoderada frente a Iquitos, se aparta de la orilla. Es de noche. Un observador del zarpe describirá así el acontecimiento años más tarde: “¡Larga proa…!  ¡Larga popa…! Sonó el telégrafo de órdenes en la sala de máquinas, las hélices empezaron a batir ruidosamente las turbias aguas del río y la enorme mole del barco que estaba cediendo a la fuerza de la corriente, se retiró suavemente de la plataforma y volteó lentamente para navegar aguas abajo. (//) Los gritos y frases de despedida empezaron a brotar creciendo en intensidad; se agitaron manos en el barco, en la plataforma; ondearon los pañuelos; las luces del muelle iluminaban débilmente una masa humana que se movía desordenadamente en todas direcciones, extendiendo las manos como en actitud de detenerlo, que parecía querer seguir tras el barco; sollozos, lamentaciones, expresiones de conformismo y esperanza en labios de madres, esposas, novias; parejas abrazadas llorando desconsoladamente; palabras de aliento de amigos, hermanos; recomendaciones, promesas”.

 Unas semanas antes, en la madrugada del 1º de septiembre de 1932, 57 personas procedentes de Iquitos, Caballo Cocha (la mayoría), Yahuma y Tarma, desembarcan en Leticia, deponen a las autoridades colombianas e izan nuevamente la bandera peruana, recuperando para el país transitoriamente este territorio. “No se derramó una sola gota de sangre”, señala el narrador.

 Quien relata estas escenas es un civil que, como muchos, se enroló posteriormente para revertir una injusticia cometida por el gobierno de Leguía que suscribió el Tratado Salomón Lozano, por el cual Perú cedió a Colombia dos bloques territoriales: el espacio interfluvial comprendido entre el Putumayo y el Caquetá y el Trapecio Amazónico donde se encuentra Leticia. Es un protagonista directo de esos hechos y se llama Pablo Carmelo Montalván, autor del libro El rescate de Leticia que hoy su hijo Fernando me ha pedido presentar en esta su segunda edición que llega 37 años después de la primera.

 García Márquez, en su libro Vivir para contarla, se refiere a la toma de Leticia en su particular estilo humorístico. Atribuye la razón de este suceso a una disputa de faldas. No recuerdo con exactitud los detalles de su relato, pero creo que un colombiano (tal vez un sargento) le había quitado la novia a su par peruano, y este, irritado hasta más no poder, decidió tomar la población por las armas. Aunque es verdad que muchos actos calificados de patrióticos tienen a veces explicaciones por demás pedestres y prosaicas, esta vez, contradiciendo al ilustre escritor, debo decir que no fue esta la justificación de la historia que narra Montalván. La recaptura de Leticia por parte de un contingente de civiles peruanos debe ser analizada en el contexto de la controversia fronteriza entre Colombia y Perú. Tal vez, de no haber sido por la existencia en el área en disputa de gomas silvestres, aludidas de manera general como caucho, nunca se hubiera desencadenado el conflicto armado entre ambos países. Pero esto es apenas una hipótesis.

 La obra de Montalván no es una novela, tampoco es un diario. Es un relato de alguien que vivió los hechos y los narra con lucidez y espíritu crítico. Si bien incluye anécdotas, el texto no es un simple anecdotario. Aunque el autor aparece en algunos pasajes, no es un relato que lo tenga como personaje principal. Si tengo que ubicar el protagonista, debo decir que es el grupo de 57 personas que tomaron Leticia y las que más tarde se alistaron voluntariamente para defender su recuperación. Dentro de este conjunto, destaca un grupo, del cual el autor es parte, que él califica con humor como Estado Mayor. Lo integran personas que comparten amistad, y también complicidades cuando juegan bromas o burlan el absurdo y sofocante orden establecido por clases y oficiales que confunden la disciplina con los gritos yla autoridad con los insultos.

 Destaco del libro, de correcta escritura, su capacidad de transmitir la sinceridad de espíritu de quienes se embarcaron en el intento de recuperar definitivamente para el Perú un territorio cedido por la estupidez de un gobierno. El texto comunica altruismo, desinterés, amor al suelo de los padres, es decir, a la patria. Pero es a su vez un libro tremendamente crítico contra los patriotas de fanfarria que se pavonean en las paradas militares, de quienes, antes como ahora, no encuentran contradictorio llevarse la mano al pecho y cantar con fervor aparente el himno nacional, mirando la bandera con ojos enternecidos, al tiempo que desprecian a connacionales por no considerarlos de primera categoría y se apropian del patrimonio nacional, que debería servir para mejorar la educación, la salud y el bienestar de todos.

 Creo que este es el principal valor del libro de Montalván porque pone el dedo en la llaga de males recurrentes en el país que se expresan de manera cotidiana y, lo que es más grave, incluyen momentos de crisis donde más que nunca se necesita de honestidad y decisión como requisitos básicos para lograr la unión en pos de una meta compartida. Me refiero a casos de agresión externa, como fue la Guerra del Pacífico, con la que el propio Montalván establece comparaciones, que se resumen en improvisación, corrupción, irresponsabilidad de oficiales, abandono por parte de las autoridades y cobardía. Si aún viviera, Montalván establecería otras comparaciones actuales, por ejemplo, con el comportamiento de autoridades durante el conflicto del Cenepa o de los desastres naturales que han causado tantas tragedias en el país.

 Montalván se refiere a superiores, clases y oficiales que les pegan a sus subordinados, a balas que no revientan durante un ejercicio porque estaban pasadas (“¡qué tal si con esa munición hubiéramos entrado en combate…!; –p. 110), a carencias básicas de uniforme (“…dábamos la impresión de haber sido sorprendidos y que hubiéramos acudido a las trincheras a medio vestir…”; p. 120), a armamento en malas condiciones (“cartucheras por deshacerse, la munición en el morral del servicio del comedor, las bayoneta sujetas al cinturón con pedazos de cordel…”; p.120), a oficiales que se emborrachan (p. 215) y a cuatro aviadores que con sus respectivas máquinas abandonaron el escenario del conflicto para ir a Iquitos porque “uno de los pilotos iba a contraer matrimonio y todos los compañeros de armas quisieron estar presentes en la ceremonia”; p. 238). En la escena nacional un hecho vital terminó por decidir el curso del enfrenamiento: el asesinato del presidente Sánchez Cerro cuando pasaba revista a 20 000 soldados que debían incrementar las tropas peruanas en Loreto. En fin, es una larga sucesión de despropósitos que no podían conducir a otro desenlace diferente del que tuvo: el punto final de la presencia peruana en Leticia y el abandono de su reclamo.

 Quiero ahora hacer un análisis personal para explicar los hechos y las razones de este conflicto fronterizo, y para esto debo remontarme a décadas anteriores.

 El caucho

 Corre el siglo XIX y mientras en Europa se afianza la Revolución Industrial que se había iniciado durante la centuria anterior y el capitalismo como sistema económico, en América del Sur países que recién nacen comienzan a vivir su vida independiente y tratan de consolidar sus fronteras sobre la base de jurisdicciones heredadas de su anterior condición colonial y, en algunos casos, también de la ocupación de hecho de diversos espacios territoriales, sea porque los consideran suyos o porque, al serles accesibles, intentan hacerlos parte de su patrimonio.

 Charles Marie de la Condamine había llevado, a mediados del siglo XVII, noticias a Europa sobre la existencia del caucho en la Amazonía. En su Relación Abreviada, publicada en Francia en 1745, relata el uso que le daban indígenas amazónicos para hacer algo parecido a plumillas del bádminton o a zapatos, así como diversos objetos impermeabilizados. Entre estos últimos estaba una especie de odre con pico de madera para llevar líquidos, similar a una jeringa, llamado en Brasil pão da xiringa, que es el origen de la palabra portuguesa seringa y seringueiro que pasan al castellano regional amazónico del Perú como shiringa y shiringuero.

 El proceso de vulcanización del caucho, descubierto por Charles Goodyear en Estados Unidos en 1839, había solucionado el problema de alteración del producto a causa de los cambios de temperatura y de adhesión de piezas de caucho puestas en contacto. Un año después de haberlo patentado en 1844, R.W. Thompson registró la llanta neumática en Inglaterra. Desde entonces el uso del caucho se generalizó aceleradamente como aislante, amortiguador de ferrocarriles y bandas de billar, al tiempo que se perfeccionaban sus usos ya conocidos en la fabricación de zapatos, prendas impermeables y aislante de cables. En 1888, John Dunlop reinventó la llanta neumática que hasta entonces no había tenido el éxito deseado por Thompson, la cual logró importancia debido al impulso de la industria de la bicicleta. Pocos años más tarde, en 1895, se usaría también para automóviles. En los años siguientes la demanda de caucho creció en Estados Unidos y en toda Europa como consecuencia de su pujante desarrollo industrial. Su extracción en la Amazonía se expandió entonces de manera acelerada.

Una de las regiones importantes de extracción de gomas silvestres fue el espacio interfluvial comprendido entre la margen izquierda del río Putumayo y, hacia el norte, la derecha del Caquetá. Es decir, uno de los dos bloques territoriales entregados por Perú a Colombia, mediante el Tratado Salomón Lozano.

 El río Putumayo se forma en el Nudo de los Pastos, ubicado en la provincia ecuatoriana de Carchi y el departamento colombiano de Nariño donde se reúnen los ramales de la Cordillera de los Andes que luego, ya en territorio colombiano, se bifurcan en dos Cordilleras: la Occidental y la Central. En su recorrido hacia el sureste, el Putumayo marca primero la frontera de Ecuador con Colombia y luego la de este país con Perú, para finalmente entrar a Brasil donde se lo conoce como Iça. Por su parte, el río Caquetá nace en el departamento del Cauca, en Colombia, y atraviesa en su recorrido, también hacia el sureste, los de Putumayo y Caquetá, antes de entrar a Brasil con el nombre de Japurá.

 Me he detenido en esto no por preciosismo geográfico sino para tratar de enmarcar el problema de fronteras que está implícito en el libro que hoy me han invitado a presentar. Ambos ríos nacen en Colombia, y mientras el Putumayo sirve de límite entre ese país con Ecuador y luego con Perú, el segundo nace en las regiones alto andinas de Colombia y discurre enteramente en territorio de este país. Puedo completar la hipótesis que antes esbocé, diciendo que de no haber existido gomas silvestres en la zona interfluvial comprendida entre el Putumayo y el Caquetá, Perú no hubiese reclamado ese territorio como propio y Colombia lo hubiese ocupado de una manera natural, sin conflicto, dada su conexión fluvial con el resto del país. Para Perú el Putumayo es hoy día una especie de extramuros del país. De Iquitos a El Estrecho, capital de la recién creada provincia de Putumayo, se llega actualmente en un viaje por río que demanda entre 15 y 20 días.

 En la disputa con Colombia, Perú tenía a su favor “títulos de derecho”, como los califica Carlos Larrabure y Correa en su folleto El Perú y Colombia en el Putumayo, publicado originalmente en 1913 y republicado en 2005.Dice él: “El 15 de julio de 1802, el Rey de España expidió una real cédula en la que se especificaba de una manera clara y terminante, que todos los territorios bañados por los afluentes septentrionales de los ríos Marañón y Amazonas, hasta donde por sus saltos y raudales dejen de ser navegables[cursivas propias],y además las misiones de Sucumbíos, quedaban organizados en una nueva entidad política y administrativa, denominada Comandancia General de Maynas”. (Perú y Colombia en el Putumayo. Imprenta Viuda de Luis Tasso. Barcelona, 1913.) Es cierto, como señala Larrabure y Correa, que se trata de un título de derecho pero este es débil frente a dinámicas sociales que, como en este caso, se vieron favorecidas por las condiciones geográficas de la zona.

 Esta condición del Putumayo de río marginal respecto al Perú explica por qué los colombianos llegaron antes a esa zona para explotar las gomas silvestres: por existir vías fluviales que descendían del interior de su país. De hecho, los dos centros gomeros importantes que llegó a tener la Peruvian Amazon Company, empresa cuyo fundador y gerente fue Julio Cesar Arana, son de aparición tardía respecto a la presencia colombiana. Uno de dichos centros fue La Chorrera, en el Igaraparaná, que estaba en manos del cauchero colombiano Benjamín Larrañaga. Allí Arana recién interviene a partir de 1901, año en que establece una sociedad con el colombiano. Cuatro años más tarde la empresa queda enteramente en manos de Arana, ya que, raíz de la muerte de Larrañaga, él le compra sus acciones a su hijo Rafael. El otro centro es El Encanto, a orillas del Caraparaná, que hasta 1903, según relata el comerciante colombiano Joaquín Rocha en su Memorando de Viaje(Casa editorial El Mercurio. Bogotá, 1905) estaba en manos de sus connacionales. Recién a partir de 1904 aparece Miguel Loayza como gerente de este establecimiento perteneciente a la Peruvian Amazon Company.  

 Las disputas que se presentaron nada tenían que ver con razones patrióticas, y si caucheros de ambos países defendían su presencia en ese territorio era por afán de lucro  personal de explotar un recurso valioso como las gomas silvestres, que por entonces llenaba los ojos de ambición y los bolsillos de dinero. La prueba está en que ni Colombia ni Perú recurrieron al argumento de la soberanía nacional mientras las sociedades entre ciudadanos de uno y otro país marcharon bien y solo reventaron cuando Arana quiso tener la exclusividad sobre la zona. Incluso así, hubo colombianos trabajando para la empresa de Arana. Es el caso, por ejemplo, de Víctor Macedo, gerente de La Chorrera. Y en un nivel aun más importante, el de Rafael Reyes que llegó a ser presidente de Colombia entre 1904 y 1909, quien formó una sociedad con Arana. 

 No obstante, si bien todo lo dicho es válido para la zona interfluvial comprendida entre el Putumayo y el Caquetá no lo es para la del Trapecio Amazónico y de ese centro poblado creado por una fundación oficial y por el cariño de la gente: Leticia. Haré ahora el mismo ejercicio de descripción geográfica que realicé en el caso anterior para  ubicar en el espacio al Putumayo y el Caquetá. Desde un punto de vista estrictamente formal, el Trapecio Amazónico parece ser producto de un mal dibujante del mapa de Colombia. Es un apéndice extraño que se descuelga hacia el sur desde una de las esquinas de su territorio. Es una especie de embudo en la que, a diferencia del dicho popular, la parte ancha perjudica al contrario, es decir, a Perú. Para ubicarnos en el espacio, el Trapecio tiene su lado más pequeño en la orilla derecha del Putumayo, en territorio que hasta la firma del Tratado Salomón Lozano era indiscutiblemente peruano, desde donde proyecta sus lados divergentes hasta encontrar la margen izquierda del Amazonas, donde se halla Leticia. Es una clarísima intromisión en un territorio que no estaba en disputa entre las partes y que Colombia no sentía como suyo ya que reconocía la margen derecha del Putumayo como peruana, y con mayor razón, el espacio interfluvial entre este río y el Amazonas.




Las razones que llevaron al presidente Leguía a ceder el territorio del Trapecio de más de11000 km2 sigue siendo un misterio. Traición a la patria, señalan algunos. Sí, ¿pero a cambio de qué?, porque sin interés personal de por medio, sin ganancia individual, no existe traición, sino solo estupidez del ignorante. Y esta es otra vez una hipótesis. ¿Qué sabían Leguía y sus ministros acerca de esta porción del territorio nacional y de sus pobladores? La desaprensión con que los políticos-y no me refiero solo a los del gobierno central sino también a los que tenemos cerca- miran el patrimonio natural y social de la Nación es total, como lo vemos a diario. Que algunas empresas destruyan y contaminen el medioambiente, saqueen los recursos naturales y afecten la salud y las fuentes de trabajo y riqueza de sus pobladores es algo que nos golpea diariamente, pero que muchos políticos califican de desarrollo. No obstante en estos casos, la corrupción con el afán de enriquecimiento indebido ofrece una explicación para el comportamiento de dichos políticos. Pero, ¿Cuál es la explicación en el caso de la cesión del Trapecio Amazónico?

 La acción cívica llevada a cabo por un grupo de ciudadanos mayormente loretanos fue para rescatar a Leticia y al Trapecio, no el espacio interfluvial comprendido entre el Putumayo y el Caquetá. Esto último creo que se debió a dos razones: que nunca fue sentido como propio porque su comunicación era con Colombia y no con Perú y porque a partir de 1915 el caucho, que era el producto que ambicionaban caucheros como Arana y otros, dejó de ser importante por la caída de su precio en el mercado internacional. El Tratado Salomón Lozano se firmó en 1922 cuando el caucho ya no valía nada.

 El beneficio para Colombia de apropiarse del Trapecio Amazónico es claro, porque este le ha permitido tener acceso directo al Amazonas, convertirse en país ribereño de este río. Sin embargo, Colombia era consciente de que este territorio no le pertenecía porque, repito, la soberanía sobre la margen derecha del Putumayo no estaba en discusión. Y esto debe haberlo recordado Colombia a lo largo del conflicto generado por la recaptura de Leticia. Durante los 290 días que duró la presencia peruana en Leticia, Colombia no hizo ningún intento por recapturar este poblado descolgado de su territorio por las dificultades que enfrentaba la empresa. Para hacerlo solo tenía dos alternativas: desplazar tropas atravesando el monte desde el Putumayo hasta llegar en malas condiciones a Leticia o hacerlo por vía fluvial, descendiendo el Putumayo, cruzando territorio brasileño hasta su desembocada en el Amazonas y, desde allí, remontando el río hasta llegar a Leticia. Ninguna de las dos vías le ofrecía a Colombia posibilidades de éxito por las dificultades de dar apoyo logístico a sus tropas. Por esto planteó el combate en otro escenario: el río Putumayo, donde Perú tenía muy pocas fortalezas a causa de las dificultades de conexión de esta cuenca respecto al resto del país (que puedo resumir diciendo que eran similares a las mismas de Colombia para acceder al Amazonas), mientras que Colombia tenía fuerte presencia por el avance colonizador, político y militar desarrollado desde su zona andina.

 Los ataques en el Putumayo causaron la destrucción de propiedades de peruanos establecidos en la cuenca y originaron el traslado hacia el Napo y el Ampiyacu de población indígena que patrones caucheros como Miguel Loayza habían llevado allí para utilizarla como mano de obra en sus fundos. Pero esta es otra historia a la que no me voy a referir ahora.

 Termino destacando las virtudes de este libro por estar bien escrito y, sobre todo, por abordar con espíritu crítico uno de los tantos episodios vergonzosos de la historia nacional. 


martes, 3 de noviembre de 2020

FUNDACION DEL CLUB SPORT LORETO. IQUITOS-PERÚ


El 30 de agosto de 1908, en circunstancias parecidas a las que originaron la fundación del Athletic Club José Pardo, se fundó el Club Sport Loreto.

Las actividades deportivas no obstante estar difundiéndose con rapidez estaban limitadas a los más destacados socios del Sport Club y el Athletic, quedando todavía muchos aficionados al margen y sin oportunidad de intervenir en las competencias. Esto despertó la emulación, los deseos de superación y el propósito de crear una nueva institución, en la que pudieran gobernarse solos y trazar su propio destino sin sentirse postergados, ya fuera deportiva o administrativamente.

Cuales fueran los motivos, la iniciativa tendría que ser con el tiempo provechosa para el deporte local, pues Loreto, pocos años después formaría el trío que habría de brindar a la afición, competencias emotivas llenas de colorido y acción.

Y mientras en el “Bembón” se disputaba entre el Athletic y el Sport Club el primer torneo por una copa de plata, en la casa de Manuel Montero, situada en la Plaza principal, junto a donde hoy está el Salón Parroquial de la Iglesia Matriz, se reunieron los fundadores del Club Sport Loreto.

Ellos fueron: César A. Mesía, Hibraín A.Vásquez, Leoncio Vásquez, Tobías Vásquez, Nicolás Zanetti, Jerónimo Pereira, Antonio Olórtegui, Oscar Paredes, Demetrio Silva Ross, José de la Cruz Cobos, Miguel Pacaya, Benjamín Cornejo, Julio Picón, Federico Arrarte Seguín, Luciano Alván y Manuel Montero.

Como se puede apreciar, seis de los fundadores, los seis primeros mencionados, pertenecían al Athletic, circunstancia que obtuvo las simpatía de los demás socios de este club, para brindar a la nueva institución, el más franco apoyo en el inicio de sus actividades.

Cabe destacar que los gestores de la fundación del Loreto fueron César A. Mesía e Hibraín A. Vásquez, secundados por los hermanos Leoncio y Tobías Vásquez.

La primera junta directiva elegida el mismo día de la fundación se constituyó solamente con el presidente, cuya elección recayó en César A. Mesía, el secretario Hibraín A. Vásquez y el tesorero. Los demás cargos se completaron en sesión posterior.

Las primeras actividades del Loreto se concentraron en la preparación y organización de los muchos jóvenes que casi de inmediato ingresaron como socios.

Fuente: https://www.pacarmondixit.blogspot.com

DEL EDITOR:

Gracias a la información de mi amigo y paisano, eficiente preparador físico y experto en la disciplina futbolística, Fernando Llerena, adjunto una de las mejores formaciones que tuviera el Club Sport Loreto el año 1963.

Parados, de izquierda a derecha: Velez, Lao, Braga, Molina, Lozano y Vásquez Pino; de cuclillas:

 Pereyra, Bucci,  Archimbaud, “calichín” del Águila y Márquez.



                                                                           Img. DR